En el silencio que provocó la algarabía que rodeo la designación de Bergoglio como papa (un papa peronista como decía el cartel, impreso, no se molestaron en disimularlo, por la misma gente que todos los años imprime un cartel de Rucci con la leyenda "argentino y peronista") se escuchó la escandalizada voz de Horacio Gonzalez, preguntándose, bajo qué forma se mató en la Argentina, y la respuesta que pudo dar es "bajo la protección de la iglesia católica". Luego recordó a compañeros que como Mujica creían en una religiosidad popular, y que dejaron su vida por una visión cristiana de tipo sacrificial.
Pero qué otra pregunta se podría haber hecho en eso días iniciales de sorpresa y de preocupación y qué preguntas nos podemos hacer hoy pasado un año, en torno a la figura del papa Francisco, esa imagen que se reproduce incansablemente y que fatiga (por usar una expresión borgeana) el espacio público sostenida por un aparato asfixiante, todavía eficaz, pero que se empieza a debilitarse.
Puede ser que, tal como inconscientemente lo nombré, Francisco sea la imagen y Bergoglio el cuerpo. Francisco sonríe y Bergoglio mantiene su gesto severo tal como lo portaba cuando era arzobispo de Buenos Aires. Bergoglio nunca pareció muy preocupado por las pasiones populares y Francisco recibe la camiseta de San Lorenzo de manos del señor de la televisión.
Pero hay más, Francisco dijo "quién soy yo para juzgar a los homosexuales. Bien. Hay que acercarse a los divoriciados. Muy bien. Dijo "este sistema económico no puede generar trabajo, porque esta inmerso en la idolatría del dinero. Excelente. Pero después debería pasar algo y no pasa nada. ¿No le creen? Porque lo aman los mismos que idolatran el dinero, los que idolatraban a Juan Pablo II en su lucha contra el comunismo, y a Ratzinger en su retorno a la edad media.
Recientemente las cosas empezaron a quedar claras. En una misma reunión se santificó a Juan XXIII y a Juan Pablo II y asistieron Ratzinger y Francisco. Algo así como la ley de obediencia debida, el punto final y el indulto todo junto. Como los tres tenores cantando para la audiencia mundial. Un gran espectáculo, un gran retroceso, un mito represivo
lunes, 5 de mayo de 2014
domingo, 16 de marzo de 2014
El sistema panóptico
Elegimos empezar con la dramática pregunta que se hacen los pensadores de la Escuela de Frankfurt en el año 1947, cuando todavía Europa salía de las ruinas de la segunda guerra mundial, "por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie".
Y en qué consistiría esa barbarie. Esa palabra, barbarie digo, resuena en nuestros oídos con la fuerza de los aullidos de la gauchada federal que se rebelaba contra la civilizada nación unitaria, sin embargo, Adorno Y Horkheimer estaban hablando de " la ilustración en el más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad".
Vivimos entonces en la linealidad de la técnica, es decir, la linea, el continuo progreso, que lleva nuestras vidas, por decir algo, del Windows XP al Windows 7, a la utopía realizada de un teléfono en cada mano, esos aparatitos a los que les hemos entregado nuestra subjetividad. Pero ¿se puede imaginar al mundo sin esos objetos, al hombre sin sus prótesis (tal como Freud denominó a los aparatos de la técnica en el malestar de la cultura). Sería otro mundo y otros hombres.
Hay otras prótesis, sin duda más pesadas, que abruman la realidad de muchas maneras: me refiero a las cámaras de vigilancia que han sido elegidas por el candidato Massa como su símbolo más poderoso, la prótesis que permitirá que su mirada se proyecte hacia nosotros ¿para qué, para conocer las necesidades de los más débiles, para protegernos, o para castigarnos?
Por las declaraciones del candidato panóptico en contra de la reforma del código penal se nota que prefiere el castigo, vigilar para castigar, como diría un francés.
Hay una foto que salió en el diario La Nación en estos días, se ve en un primer plano a Hugo Moyano dándole la mano a Julio Cobos. Atrás de ellos se la ve a Patricia Bullrich con un sombrero elegante, que lleva el logo del diario, sonriendo satisfecha. La escena, según nos dicen sucedió en Expoagro.
Se dice que Julio Cobos pidió presidir la comisión de educación de la cámara de diputados en reemplazo de Adriana Puiggros. Símbolos pesados, amenazas de futuras calamidades, que solo puede ser evitadas con militancia, el sencillo momento que el hombre deja sus prótesis y se rebela con las manos desnudas.
Y en qué consistiría esa barbarie. Esa palabra, barbarie digo, resuena en nuestros oídos con la fuerza de los aullidos de la gauchada federal que se rebelaba contra la civilizada nación unitaria, sin embargo, Adorno Y Horkheimer estaban hablando de " la ilustración en el más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad".
Vivimos entonces en la linealidad de la técnica, es decir, la linea, el continuo progreso, que lleva nuestras vidas, por decir algo, del Windows XP al Windows 7, a la utopía realizada de un teléfono en cada mano, esos aparatitos a los que les hemos entregado nuestra subjetividad. Pero ¿se puede imaginar al mundo sin esos objetos, al hombre sin sus prótesis (tal como Freud denominó a los aparatos de la técnica en el malestar de la cultura). Sería otro mundo y otros hombres.
Hay otras prótesis, sin duda más pesadas, que abruman la realidad de muchas maneras: me refiero a las cámaras de vigilancia que han sido elegidas por el candidato Massa como su símbolo más poderoso, la prótesis que permitirá que su mirada se proyecte hacia nosotros ¿para qué, para conocer las necesidades de los más débiles, para protegernos, o para castigarnos?
Por las declaraciones del candidato panóptico en contra de la reforma del código penal se nota que prefiere el castigo, vigilar para castigar, como diría un francés.
Hay una foto que salió en el diario La Nación en estos días, se ve en un primer plano a Hugo Moyano dándole la mano a Julio Cobos. Atrás de ellos se la ve a Patricia Bullrich con un sombrero elegante, que lleva el logo del diario, sonriendo satisfecha. La escena, según nos dicen sucedió en Expoagro.
Se dice que Julio Cobos pidió presidir la comisión de educación de la cámara de diputados en reemplazo de Adriana Puiggros. Símbolos pesados, amenazas de futuras calamidades, que solo puede ser evitadas con militancia, el sencillo momento que el hombre deja sus prótesis y se rebela con las manos desnudas.
martes, 25 de febrero de 2014
Por qué Alfonsín
Parece necesario, en los tiempos en los que nos atormentan los temblores de un presente amenazador, y en los que lo que está amenazado, tal como lo proclamó Carta Abierta es la patria, agrupar fuerzas.
Y cuando digo patria amenazada no me refiero a la patria en abstracto tal como la entendían los militares de la dictadura, un simulacro vacío de marchas y taconeos, sino a la patria que proveyó a los hijos de los trabajadores que éramos, de aulas palacio, hoy humilladas por construcciones lamentables que ni siquiera incluyen a los siete mil chicos porteños sin vacante, siete mil chicos sin patria.
Tal gravedad (quieren que lo repita: siete mil niños sin colegio y nombro solo este hecho porque me parece suficientemente simbólico) de la situación movilizó la voluntad de muchos de rescatar el nombre de Raúl Alfonsín. No creo que para repetir las erráticas y fallidas políticas que lo llevaron, al expresidente, a dejar el gobierno de una manera que sin duda no merecía, sino porque creo que se entiende que la historia son hechos que se encadenan en la lucha, sobretodo en el escenario de la derrota, cuando las ratas abandonan el barco, como suele decirse. Y creo que muchos piensan que el Kirchnerismo es de alguna manera, hijo de esa derrota, una derrota que pretendía ser ejemplificadora, (pienso también en la derrota de De la Rua y Cavallo abandonados por sus amigos del fondo monetario), un escarmiento, una educación presidencial, como tituló Horacio Verbitsky un libro en esos años. El Kirchnerismo nació porque hizo lo contrario a lo que había hecho Alfonsín, porque sabía que retroceder no servía de nada, había que ir por todo, perdido por perdido.
Hoy hay que agruparse, seguir el legado, como también dijo el maestro Horacio Gonzalez, de viejas y ejemplares derrotas, de nuevos y merecidos triunfos, de la mano con el compañero, porque los buenos, si se me permite incluirme, somos muchos, pero los malos están por todos lados y no van a perdonarnos
Y cuando digo patria amenazada no me refiero a la patria en abstracto tal como la entendían los militares de la dictadura, un simulacro vacío de marchas y taconeos, sino a la patria que proveyó a los hijos de los trabajadores que éramos, de aulas palacio, hoy humilladas por construcciones lamentables que ni siquiera incluyen a los siete mil chicos porteños sin vacante, siete mil chicos sin patria.
Tal gravedad (quieren que lo repita: siete mil niños sin colegio y nombro solo este hecho porque me parece suficientemente simbólico) de la situación movilizó la voluntad de muchos de rescatar el nombre de Raúl Alfonsín. No creo que para repetir las erráticas y fallidas políticas que lo llevaron, al expresidente, a dejar el gobierno de una manera que sin duda no merecía, sino porque creo que se entiende que la historia son hechos que se encadenan en la lucha, sobretodo en el escenario de la derrota, cuando las ratas abandonan el barco, como suele decirse. Y creo que muchos piensan que el Kirchnerismo es de alguna manera, hijo de esa derrota, una derrota que pretendía ser ejemplificadora, (pienso también en la derrota de De la Rua y Cavallo abandonados por sus amigos del fondo monetario), un escarmiento, una educación presidencial, como tituló Horacio Verbitsky un libro en esos años. El Kirchnerismo nació porque hizo lo contrario a lo que había hecho Alfonsín, porque sabía que retroceder no servía de nada, había que ir por todo, perdido por perdido.
Hoy hay que agruparse, seguir el legado, como también dijo el maestro Horacio Gonzalez, de viejas y ejemplares derrotas, de nuevos y merecidos triunfos, de la mano con el compañero, porque los buenos, si se me permite incluirme, somos muchos, pero los malos están por todos lados y no van a perdonarnos
lunes, 16 de diciembre de 2013
La manifestación y los saqueos
El saqueo sucede en las calles, es una escena caótica que sin embargo, se sabe, esta cuidadosamente escenificada, y que a la vez busca ocultar sus propósitos. Hay objetos robados y hay también quien los roba y quien es víctima de esos robos. Incluso sucede el drama de la muerte: once muertos en este caso. Once muertos que no tienen rostro y que también son envueltos por el espectáculo del caos.
Los primeros saqueos sucedieron en el ocaso del gobierno de Alfonsín y volvieron a repetirse periódicamente acompañando los propósitos de cierto sector de poder. Esas repeticiones: ¿convierten al saqueo en un lenguaje? Para ellos sí, para ellos significa debilidad del estado, conflicto social, explosión de la inseguridad.
Volvamos a leer lo que nos decía Foucault en Vigilar y Castigar: "La utilización política de los delincuentes -en forma de soplones, de confidentes, de provocadores- era un hecho admitido mucho antes del siglo XIX. Pero después de la revolución, esta práctica ha adquirido unas dimensiones completamente distintas: la infiltración de los partidos políticos y de las asociaciones obreras, el reclutamiento de hombres de mano dura contra los huelguistas y los promotores de motines, la organización de una subpolicía -trabajando en relación directa con lo policía legal y capaz en el límite de convertirse en una especie de ejército paralelo, todo un funcionamiento extralegal del poder ha sido llevada a cabo de una parte por la masa de maniobra constituida por delincuentes: policía clandestina y ejército de reserva del poder.
Parece no quedar demasiado para agregar, solo una cosa: las manifestaciones populares también suceden en la calle y también tienen su escenificación, sin embargo sus participantes publicitan sus propósitos, llevan carteles, cantan sus consignas.
Algunos voceros del poder dijeron, antes y después de la conmemoración de los treinta años de democracia, que esos actos deberían suspenderse por respeto a las cosas que habían pasado y particularmente por los once muertos. Es decir, la muerte debe tener como consecuencia que la gente se quede en sus casas, será por eso no se cansan de producir cadáveres y sin embargo la gente se obstina, por algún motivo, en salir y juntarse, no porque hayan olvidado a los once muertos, ni a los 30 mil, ni a otras víctimas que recorren nuestra historia, sino porque todas esa vidas cegadas solo tendrán sentido en la medida de que esas manifestaciones populares sigan en la calle defendiéndose sin armas, con las manos desnudas, de la violencia oligárquica que no para de amenazarnos.
Los primeros saqueos sucedieron en el ocaso del gobierno de Alfonsín y volvieron a repetirse periódicamente acompañando los propósitos de cierto sector de poder. Esas repeticiones: ¿convierten al saqueo en un lenguaje? Para ellos sí, para ellos significa debilidad del estado, conflicto social, explosión de la inseguridad.
Volvamos a leer lo que nos decía Foucault en Vigilar y Castigar: "La utilización política de los delincuentes -en forma de soplones, de confidentes, de provocadores- era un hecho admitido mucho antes del siglo XIX. Pero después de la revolución, esta práctica ha adquirido unas dimensiones completamente distintas: la infiltración de los partidos políticos y de las asociaciones obreras, el reclutamiento de hombres de mano dura contra los huelguistas y los promotores de motines, la organización de una subpolicía -trabajando en relación directa con lo policía legal y capaz en el límite de convertirse en una especie de ejército paralelo, todo un funcionamiento extralegal del poder ha sido llevada a cabo de una parte por la masa de maniobra constituida por delincuentes: policía clandestina y ejército de reserva del poder.
Parece no quedar demasiado para agregar, solo una cosa: las manifestaciones populares también suceden en la calle y también tienen su escenificación, sin embargo sus participantes publicitan sus propósitos, llevan carteles, cantan sus consignas.
Algunos voceros del poder dijeron, antes y después de la conmemoración de los treinta años de democracia, que esos actos deberían suspenderse por respeto a las cosas que habían pasado y particularmente por los once muertos. Es decir, la muerte debe tener como consecuencia que la gente se quede en sus casas, será por eso no se cansan de producir cadáveres y sin embargo la gente se obstina, por algún motivo, en salir y juntarse, no porque hayan olvidado a los once muertos, ni a los 30 mil, ni a otras víctimas que recorren nuestra historia, sino porque todas esa vidas cegadas solo tendrán sentido en la medida de que esas manifestaciones populares sigan en la calle defendiéndose sin armas, con las manos desnudas, de la violencia oligárquica que no para de amenazarnos.
sábado, 19 de octubre de 2013
El caso Cabandié: mafia mediática y magia punitiva
Se sabe, en la aurora de la modernidad, el pequeño burgués, el feligrés, el asalariado, el respetuoso padre de familia, podía gozar de una razonable tranquilidad.No solo podía contar con la institución iglesia que le revelaba la verdad y le entregaba una ordenada normativa de cómo usar el cuerpo, o de cómo no usarlo en realidad, y de cómo proteger el alma con la fe en Dios, y así convenientemente separados cuerpo y alma, y claramente identificados los pecados, solo faltaba que apareciera la minuciosa sombra del estado para que la vida se hiciese fácil y rutinaria.
En resumen, si uno cumplía con las normas de la madre iglesia y del padre estado, no había nada que temer y aún cuando por algún desafortunado desvío esas reglas eran rotas, estaba la mágica poción del castigo que repararía lo que había sido roto y la virtud del hombre quedaría intacta. Un delito, un castigo como dice la publicidad de algún candidato a diputado, y cámaras que nos miren, como promete otro, es decir, la ilusión punitiva, esa magia por la cual, un excluido que comete un delito porque ya no le importa nada, se va a detener porque se prolongue su castigo, cuando se sabe que no importa el tiempo, pueden ser cinco años, diez años o veinte años, porque basta ingresar en una cárcel para ver destruida una vida para siempre.
Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana.
Como todos habrán advertido el párrafo anterior es el comienzo de la novela El proceso de Franz Kafka. No se trata de una lateralidad ni de un delirio, es la profecía de un gran escritor que supo anticipar el terrorismo de estado, tal como sucedió en la Argentina. Uno podía ser castigado sin saber por qué. Se había terminado con la tranquilidad burguesa, había pecados desconocidos, normas ocultas que era preciso conocer. Algunos llegaron a sospechar que el nuevo pecado era ser comunista o peronista, pero nadie estaba muy seguro.
Juan Cabandié, hijo de desaparecidos, hijo apropiado (eufemismo para decir que fue secuestrado) por los asesinos de sus padre, está en la picota, es decir, tomando la poción del castigo mediático, una moderna cicuta socrática que consiste en ser denostado públicamente, por una maquinaria implacable que no podemos calificar de otra manera que de mafiosa, y por un cuerpo de verdugos voluntarios, anónimos cibernautas que usan su corto ingenio para repetir torpemente lo que ven y lo que escuchan.
Cuál sería la culpa del diputado: haber dicho en una discusión, que se prolongó cerca de una hora, con un gendarme malo y con uno bueno, más una agente de tránsito ni buena ni mala, que era guapo porque había enfrentado a la dictadura. Según el tribunal mediático ese heroísmo, tal vez incorrectamente mentado, no le correspondería, aunque en realidad, ellos tampoco crean en el heroísmo de los padres de Cabandié, sino más bien en su culpabilidad, tal como lo dijo Carrió en lo que pareció un sincericidio. Sea como sea se trata de una verdad que tratan de ocultar con todo su poder: a Cabandié sí le corresponde el heroísmo de haber enfrentado a la dictadura, porque la enfrentó siendo un bebé, luego siendo niño, luego siendo un joven, tal como la enfrentan hoy los cuatrocientos jóvenes adultos, que aún sin saberlo soportan todavía la real punición de la dictadura.
Juan Cabandié es Josef K., pero por suerte todos sabemos que es inocente
En resumen, si uno cumplía con las normas de la madre iglesia y del padre estado, no había nada que temer y aún cuando por algún desafortunado desvío esas reglas eran rotas, estaba la mágica poción del castigo que repararía lo que había sido roto y la virtud del hombre quedaría intacta. Un delito, un castigo como dice la publicidad de algún candidato a diputado, y cámaras que nos miren, como promete otro, es decir, la ilusión punitiva, esa magia por la cual, un excluido que comete un delito porque ya no le importa nada, se va a detener porque se prolongue su castigo, cuando se sabe que no importa el tiempo, pueden ser cinco años, diez años o veinte años, porque basta ingresar en una cárcel para ver destruida una vida para siempre.
Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana.
Como todos habrán advertido el párrafo anterior es el comienzo de la novela El proceso de Franz Kafka. No se trata de una lateralidad ni de un delirio, es la profecía de un gran escritor que supo anticipar el terrorismo de estado, tal como sucedió en la Argentina. Uno podía ser castigado sin saber por qué. Se había terminado con la tranquilidad burguesa, había pecados desconocidos, normas ocultas que era preciso conocer. Algunos llegaron a sospechar que el nuevo pecado era ser comunista o peronista, pero nadie estaba muy seguro.
Juan Cabandié, hijo de desaparecidos, hijo apropiado (eufemismo para decir que fue secuestrado) por los asesinos de sus padre, está en la picota, es decir, tomando la poción del castigo mediático, una moderna cicuta socrática que consiste en ser denostado públicamente, por una maquinaria implacable que no podemos calificar de otra manera que de mafiosa, y por un cuerpo de verdugos voluntarios, anónimos cibernautas que usan su corto ingenio para repetir torpemente lo que ven y lo que escuchan.
Cuál sería la culpa del diputado: haber dicho en una discusión, que se prolongó cerca de una hora, con un gendarme malo y con uno bueno, más una agente de tránsito ni buena ni mala, que era guapo porque había enfrentado a la dictadura. Según el tribunal mediático ese heroísmo, tal vez incorrectamente mentado, no le correspondería, aunque en realidad, ellos tampoco crean en el heroísmo de los padres de Cabandié, sino más bien en su culpabilidad, tal como lo dijo Carrió en lo que pareció un sincericidio. Sea como sea se trata de una verdad que tratan de ocultar con todo su poder: a Cabandié sí le corresponde el heroísmo de haber enfrentado a la dictadura, porque la enfrentó siendo un bebé, luego siendo niño, luego siendo un joven, tal como la enfrentan hoy los cuatrocientos jóvenes adultos, que aún sin saberlo soportan todavía la real punición de la dictadura.
Juan Cabandié es Josef K., pero por suerte todos sabemos que es inocente
lunes, 26 de agosto de 2013
Jorge Lanata no ha sucedido
El título de este artículo remite al libro de Jean Baudrilllard "La guerra del Golfo no ha sucedido", en la que denunciaba que la guerra se había transformado en una virtualidad. No era una mentira, solo que se mostraban los hechos de una forma nueva, usando la estética de los juegos de computadora: solo vimos puntitos brillosos, tomas generales que se parecían a la de las pantallas en las que jugaban los niños. No había sangre, ni gritos de madres, ni llantos de niños. La guerra de Vietnam había sido una gran lección para el imperio.
No es que el mundo ignorara que tales crueldades habían sucedido, lo nuevo era que los autorizaba a creer que el hombre había llegado a la tecnología de la punisión sin dolor y sin muertos. Además en los diarios seguían estando los productos que había que comprar y los espectáculos que había que ver.
Jorge Lanata, entonces ya no es un sujeto llamado así sino una acción comunicativa que usa esa máscara así como en el Golfo se usaron los juegos de computadora.
Porque en un principio, el año pasado, se podía escuchar: "viste lo que denunció Lanata el domingo. Había que tomarse la molestia de argumentar en contra de sus aseveraciones. A esta altura del partido todos saben que lo que se dice en ese programa es mentira, pero a nadie le importa, porque no se trata de si es mentira o no, lo que se ve es una representación, un espectáculo, un discurso que crea la identidad de quien lo ve
No es que el mundo ignorara que tales crueldades habían sucedido, lo nuevo era que los autorizaba a creer que el hombre había llegado a la tecnología de la punisión sin dolor y sin muertos. Además en los diarios seguían estando los productos que había que comprar y los espectáculos que había que ver.
Jorge Lanata, entonces ya no es un sujeto llamado así sino una acción comunicativa que usa esa máscara así como en el Golfo se usaron los juegos de computadora.
Porque en un principio, el año pasado, se podía escuchar: "viste lo que denunció Lanata el domingo. Había que tomarse la molestia de argumentar en contra de sus aseveraciones. A esta altura del partido todos saben que lo que se dice en ese programa es mentira, pero a nadie le importa, porque no se trata de si es mentira o no, lo que se ve es una representación, un espectáculo, un discurso que crea la identidad de quien lo ve
martes, 20 de agosto de 2013
El olor de los doctores
Ahora que las estridencias de la campaña electoral parecen apagarse, vuelvo a escribir, consiente de que quien intenta ese arte arcaico debe restituir primero el sentido que han perdido las palabras, o al menos, recrear la posibilidad de que vuelvan, las palabras digo, a significar algo. Construir un sentido que escape de la ausencia de sentido, que devele, el secreto escondido detrás de las turbulencias cotidianas y de la insustancialidad publicitaria.
El secreto es, y no era tan difícil descubrirlo, la circulación del capital, el factor decisivo en última instancia, la víscera más sensible. Más claro aún, estoy hablando del dinero, que según se sabe, es el objetivo último de estos señores que aparecen tan exaltados en estos días en sus programas de televisión. El dinero que temen perder, el capital que los hace sentirse distintos, mejores que nosotros.
Estos señores elegantes que se lavan las manos luego de tocar dinero, horrorizados de tocar algo que pudo haber tocado el común, dejando su mugre y su olor, pero aún así, no pueden dejar de hacerlo porque lo adoran, es el símbolo de todo lo que creen.
Se lavan las manos, pero, para su tragedia, no hay jabón que pueda limpiarlos, ya que cada día olerán peor, y nada valdrán los títulos ganados, ni la música culta, ni los lugares exclusivos, porque si hay algo que no se puede ocultar es el mal olor y eso los saca de las casillas, los hace perder la compostura, es decir, los hace descomponerse, tal como los nobles, augustos y olorosos cadáveres que cuelgan en sus paredes.
El secreto es, y no era tan difícil descubrirlo, la circulación del capital, el factor decisivo en última instancia, la víscera más sensible. Más claro aún, estoy hablando del dinero, que según se sabe, es el objetivo último de estos señores que aparecen tan exaltados en estos días en sus programas de televisión. El dinero que temen perder, el capital que los hace sentirse distintos, mejores que nosotros.
Estos señores elegantes que se lavan las manos luego de tocar dinero, horrorizados de tocar algo que pudo haber tocado el común, dejando su mugre y su olor, pero aún así, no pueden dejar de hacerlo porque lo adoran, es el símbolo de todo lo que creen.
Se lavan las manos, pero, para su tragedia, no hay jabón que pueda limpiarlos, ya que cada día olerán peor, y nada valdrán los títulos ganados, ni la música culta, ni los lugares exclusivos, porque si hay algo que no se puede ocultar es el mal olor y eso los saca de las casillas, los hace perder la compostura, es decir, los hace descomponerse, tal como los nobles, augustos y olorosos cadáveres que cuelgan en sus paredes.
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