domingo, 16 de marzo de 2014

El sistema panóptico

     Elegimos empezar con la dramática pregunta que se hacen los pensadores de la Escuela de Frankfurt en el año 1947, cuando todavía Europa salía de las ruinas de la segunda guerra mundial, "por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie".
     Y en qué consistiría esa barbarie. Esa palabra, barbarie digo, resuena en nuestros oídos con la fuerza de los aullidos de la gauchada federal que se rebelaba contra la civilizada nación unitaria, sin embargo, Adorno Y Horkheimer estaban hablando de " la ilustración en el más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad".
     Vivimos entonces en la linealidad de la técnica, es decir, la linea, el continuo progreso, que lleva nuestras vidas, por decir algo, del Windows XP al Windows 7, a la utopía realizada de un teléfono en cada mano, esos aparatitos a los que les hemos entregado nuestra subjetividad. Pero ¿se puede imaginar al mundo sin esos objetos, al hombre sin sus prótesis (tal como Freud denominó a los aparatos de la técnica en el malestar de la cultura). Sería otro mundo y otros hombres.
     Hay otras prótesis, sin duda más pesadas, que abruman la realidad de muchas maneras: me refiero a las cámaras de vigilancia que han sido elegidas por el candidato Massa como su símbolo más poderoso, la prótesis que permitirá que su mirada se proyecte hacia nosotros ¿para qué, para conocer las necesidades de los más débiles, para protegernos, o para castigarnos?
   Por las declaraciones del candidato panóptico en contra de la reforma del código penal se nota que prefiere el castigo, vigilar para castigar, como diría un francés.
     Hay una foto que salió en el diario La Nación en estos días, se ve en un primer plano a Hugo Moyano dándole la mano a Julio Cobos. Atrás de ellos se la ve a Patricia Bullrich con un sombrero elegante, que lleva el logo del diario, sonriendo satisfecha. La escena, según nos dicen sucedió en Expoagro.
     Se dice que Julio Cobos pidió presidir la comisión de educación de la cámara de diputados en reemplazo de Adriana Puiggros. Símbolos pesados, amenazas de futuras calamidades, que solo puede ser evitadas con militancia, el sencillo momento que el hombre deja sus prótesis y se rebela con las manos desnudas.

martes, 25 de febrero de 2014

Por qué Alfonsín

     Parece necesario, en los tiempos en los que nos atormentan los temblores de un presente amenazador, y en los que lo que está amenazado, tal como lo proclamó Carta Abierta es la patria, agrupar fuerzas.
     Y cuando digo patria amenazada no me refiero a la patria en abstracto tal como la entendían los militares de la dictadura, un simulacro vacío de marchas y taconeos, sino a la patria que proveyó a los hijos de los trabajadores que éramos, de aulas palacio, hoy humilladas por construcciones lamentables que ni siquiera incluyen a los siete mil chicos porteños sin vacante, siete mil chicos sin patria.
     Tal gravedad (quieren que lo repita: siete mil niños sin colegio y nombro solo este hecho porque me parece suficientemente simbólico) de la situación movilizó la voluntad de muchos de rescatar el nombre de Raúl Alfonsín. No creo que para repetir las erráticas y fallidas políticas que lo llevaron, al expresidente, a dejar el gobierno de una manera que sin duda no merecía, sino porque creo que se entiende que la historia son hechos que se encadenan en la lucha, sobretodo en el escenario de la derrota, cuando las ratas abandonan el barco, como suele decirse. Y creo que muchos piensan que el Kirchnerismo es de alguna manera, hijo de esa derrota, una derrota que pretendía ser ejemplificadora, (pienso también en la derrota de De la Rua y Cavallo abandonados por sus amigos del fondo monetario), un escarmiento, una educación presidencial, como tituló Horacio Verbitsky un libro en esos años. El Kirchnerismo nació porque hizo lo contrario a lo que había hecho Alfonsín, porque sabía que retroceder no servía de nada, había que ir por todo, perdido por perdido.
     Hoy hay que agruparse, seguir el legado, como también dijo el maestro Horacio Gonzalez, de viejas y ejemplares derrotas, de nuevos y merecidos triunfos, de la mano con el compañero, porque los buenos, si se me permite incluirme, somos muchos, pero los malos están por todos lados y no van a perdonarnos

lunes, 16 de diciembre de 2013

La manifestación y los saqueos

     El saqueo sucede en las calles, es una escena caótica que sin embargo, se sabe, esta cuidadosamente escenificada, y que a la vez busca ocultar sus propósitos. Hay objetos robados y hay también quien los roba y quien es víctima de esos robos. Incluso sucede el drama de la muerte: once muertos en este caso. Once muertos que no tienen rostro y que también son envueltos por el espectáculo del caos.
     Los primeros saqueos sucedieron en el ocaso del gobierno de Alfonsín y volvieron a repetirse periódicamente acompañando los propósitos de cierto sector de poder. Esas repeticiones: ¿convierten al saqueo en un lenguaje? Para ellos sí, para ellos significa debilidad del estado, conflicto social, explosión de la inseguridad.
     Volvamos a leer lo que nos decía Foucault en Vigilar y Castigar: "La utilización política de los delincuentes -en forma de soplones, de confidentes, de provocadores- era un hecho admitido mucho antes del siglo XIX. Pero después de la revolución, esta práctica ha adquirido unas dimensiones completamente distintas: la infiltración de los partidos políticos y de las asociaciones obreras, el reclutamiento de hombres de mano dura contra los huelguistas y los promotores de motines, la organización de una subpolicía -trabajando en relación directa con lo policía legal y capaz en el límite de convertirse en una especie de ejército paralelo, todo un funcionamiento extralegal del poder ha sido llevada a cabo de una parte por la masa de maniobra constituida por delincuentes: policía clandestina y ejército de reserva del poder.
     Parece no quedar demasiado para agregar, solo una cosa: las manifestaciones populares también suceden en la calle y también tienen su escenificación, sin embargo sus participantes publicitan sus propósitos, llevan carteles, cantan sus consignas.
     Algunos voceros del poder dijeron, antes y después de la conmemoración de los treinta años de democracia, que esos actos deberían suspenderse por respeto a las cosas que habían pasado y particularmente por los once muertos. Es decir, la muerte debe tener como consecuencia que la gente se quede en sus casas, será por eso no se cansan de producir cadáveres y sin embargo la gente se obstina, por algún motivo, en salir y juntarse, no porque hayan olvidado a los once muertos, ni a los 30 mil, ni a otras víctimas que recorren nuestra historia, sino porque todas esa vidas cegadas solo tendrán sentido en la medida de que esas manifestaciones populares sigan en la calle defendiéndose sin armas, con las manos desnudas, de la violencia oligárquica que no para de amenazarnos.

sábado, 19 de octubre de 2013

El caso Cabandié: mafia mediática y magia punitiva

     Se sabe, en la aurora de la modernidad, el pequeño burgués, el feligrés, el asalariado, el respetuoso padre de familia, podía gozar de una razonable tranquilidad.No solo podía contar con la institución iglesia que le revelaba la verdad y le entregaba una ordenada normativa de cómo usar el cuerpo, o de cómo no usarlo en realidad, y de cómo proteger el alma con la fe en Dios, y así convenientemente separados cuerpo y alma, y claramente identificados los pecados, solo faltaba que apareciera la minuciosa sombra del estado para que la vida se hiciese fácil y rutinaria.
     En resumen, si uno cumplía con las normas de la madre iglesia y del padre estado, no había nada que temer y aún cuando por algún desafortunado desvío esas reglas eran rotas, estaba la mágica poción del castigo que repararía lo que había sido roto y la virtud del hombre quedaría intacta. Un delito, un castigo como dice la publicidad de algún candidato a diputado, y cámaras que nos miren, como promete otro, es decir, la ilusión punitiva, esa magia por la cual, un excluido que comete un delito porque ya no le importa nada, se va a detener porque se prolongue su castigo, cuando se sabe que no importa el tiempo, pueden ser cinco años, diez años o veinte años, porque basta ingresar en una cárcel para ver destruida una vida para siempre.
     Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana.
     Como todos habrán advertido el párrafo anterior es el comienzo de la novela El proceso de Franz Kafka. No se trata de una lateralidad ni de un delirio, es la profecía de un gran escritor que supo anticipar el terrorismo de estado, tal como sucedió en la Argentina. Uno podía ser castigado sin saber por qué. Se había terminado con la tranquilidad burguesa, había pecados desconocidos, normas ocultas que era preciso conocer. Algunos llegaron a sospechar que el nuevo pecado era ser comunista o peronista, pero nadie estaba muy seguro.
     Juan Cabandié, hijo de desaparecidos, hijo apropiado (eufemismo para decir que fue secuestrado) por los asesinos de sus padre, está en la picota, es decir, tomando la poción del castigo mediático, una moderna cicuta socrática que consiste en ser denostado públicamente, por una maquinaria implacable que no podemos calificar de otra manera que de mafiosa, y por un cuerpo de verdugos voluntarios, anónimos cibernautas que usan su corto ingenio para repetir torpemente lo que ven y lo que escuchan.
     Cuál sería la culpa del diputado: haber dicho en una discusión, que se prolongó cerca de una hora, con un gendarme malo y con uno bueno, más una agente de tránsito ni buena ni mala, que era guapo porque había enfrentado a la dictadura. Según el tribunal mediático ese heroísmo, tal vez incorrectamente mentado, no le correspondería, aunque en realidad, ellos tampoco crean en el heroísmo de los padres de Cabandié, sino más bien en su culpabilidad, tal como lo dijo Carrió en lo que pareció un sincericidio. Sea como sea se trata de una verdad que tratan de ocultar con todo su poder: a Cabandié sí le corresponde el heroísmo de haber enfrentado a la dictadura, porque la enfrentó siendo un bebé, luego siendo niño, luego siendo un joven, tal como la enfrentan hoy los cuatrocientos jóvenes adultos, que aún sin saberlo soportan todavía la real punición de la dictadura.
     Juan Cabandié es Josef K., pero por suerte todos sabemos que es inocente

lunes, 26 de agosto de 2013

Jorge Lanata no ha sucedido

     El título de este artículo remite al libro de Jean Baudrilllard "La guerra del Golfo no ha sucedido", en la que denunciaba que la guerra se había transformado en una virtualidad. No era una mentira, solo que se mostraban los hechos de una forma nueva, usando la estética de los juegos de computadora: solo vimos puntitos brillosos, tomas generales que se parecían a la de las pantallas en las que jugaban los niños. No había sangre, ni gritos de madres, ni llantos de niños. La guerra de Vietnam había sido una gran lección para el imperio.
     No es que el mundo ignorara que tales crueldades habían sucedido, lo nuevo era que los autorizaba a creer que el hombre había llegado a la tecnología de la punisión sin dolor y sin muertos. Además en los diarios seguían estando los productos que había que comprar y los espectáculos que había que ver.
     Jorge Lanata, entonces ya no es un sujeto llamado así sino una acción comunicativa que usa esa máscara así como en el Golfo se usaron los juegos de computadora.
     Porque en un principio, el año pasado, se podía escuchar: "viste lo que denunció Lanata el domingo. Había que tomarse la molestia de argumentar en contra de sus aseveraciones. A esta altura del partido todos saben que lo que se dice en ese programa es mentira, pero a nadie le importa, porque no se trata de si es mentira o no, lo que se ve es una representación, un espectáculo, un discurso que crea la identidad de quien lo ve

martes, 20 de agosto de 2013

El olor de los doctores

     Ahora que las estridencias de la campaña electoral parecen apagarse, vuelvo a escribir, consiente de que quien intenta ese arte arcaico debe restituir primero el sentido que han perdido las palabras, o al menos, recrear la posibilidad de que vuelvan, las palabras digo, a significar algo. Construir un sentido que escape de la ausencia de sentido, que devele, el secreto escondido detrás de las turbulencias cotidianas y de la insustancialidad publicitaria.
     El secreto es, y no era tan difícil descubrirlo,  la circulación del capital, el factor decisivo en última instancia, la víscera más sensible. Más claro aún, estoy hablando del dinero, que según se sabe, es el objetivo último de estos señores que aparecen tan exaltados en estos días en sus programas de televisión. El dinero que temen perder, el capital que los hace sentirse distintos, mejores que nosotros.
     Estos señores elegantes que se lavan las manos luego de tocar dinero, horrorizados de tocar algo que pudo haber tocado el común, dejando su mugre y su olor, pero aún así, no pueden dejar de hacerlo porque lo adoran, es el símbolo de todo lo que creen.
     Se lavan las manos, pero, para su tragedia, no hay jabón que pueda limpiarlos, ya que cada día olerán peor, y nada valdrán los títulos ganados, ni la música culta, ni los lugares exclusivos, porque si hay algo que no se puede ocultar es el mal olor y eso los saca de las casillas, los hace perder la compostura, es decir, los hace descomponerse, tal como los nobles, augustos y olorosos cadáveres que cuelgan en sus paredes.

jueves, 27 de junio de 2013

Lecturas sobre el peronismo



Introducción

Alguien, podría decir parafraseando a Nietzsche, que no hay Peronismo sino interpretaciones sobre él. Otro, con algún dejo de ironía podría agregar: qué Peronismo, cuál de ellos.
Alejandro Horowicz en un libro ya clásico, Los Cuatro Peronismo, escrito en los ochenta había caracterizado las siguientes etapas en el desarrollo de este movimiento político: desde el 17 de octubre de 1945 hasta el 16 de septiembre de 1955 se cumple una primera etapa; la segunda abreva en la lucha de la resistencia y culmina con el retorno del general Perón el 17 de noviembre de 1972; el triunfo electoral de la fórmula encabezada por el doctor Cámpora conforma el tercer momento, que concluye con la muerte del fundador; mientras que el cuarto peronismo según la especulación del autor era el del gobierno de Isabel Perón y continuaba todavía en aquellos años en los que el autor escribía, es decir, los años de la primera derrota electoral del Peronismo en manos de Raúl Alfonsín.
Las fechas son las huellas materiales que nos entregan la historia pero no dejan atrás la arbitrariedad de las interpretaciones. En el caso del libro de Horowicz hay marcas de época, es decir se creía que el peronismo agonizaba (Halperín escribió un libro con ese nombre) y el devenir de la historia nos dejó en manos de lo que se llamó el Menemismo y luego en la actualidad como consecuencia de la crisis del 2001 un Peronismo opuesto al anterior que llamamos Kirchnerismo.
Recuerdo una película basada una novela de Osvaldo Soriano en la que un personaje decía que el nunca se había metido en política que él siempre había sido Peronista. Sin querer esa frase que buscaba ser una broma de humor negro (también fechada porque la película se estreno durante la campaña electoral que finalmente llevaría a Alfonsín a la presidencia) sobre le Peronismo lo definía mejor que ningún otro ensayo político. Porque Perón se había propuesto crear eso: un movimiento que englobara al capital y al trabajo en una alianza de clases que funcionaría bajo su liderazgo

El peronismo como Bonapartismo

Parece no haber discusión sobre la polarización que produjo el Peronismo en la sociedad Argentina desde su origen, a pesar de haberse pensado a si mismo como una alianza de clases. La discusión que el Peronismo tiene con la izquierda es acerca de la naturaleza de esa polarización. ¿Se trataba de la famosa lucha de clases de la cual hablaba Marx o debía usarse otra categoría también de origen marxista, en este caso la de Bonapartismo, para definir a ese movimiento político que surgía entre el sonido y la furia de la historia Argentina?
Las primeras interpretaciones sobre el Peronismo, en el momento mismo de su aparición, surgieron de los viejos socialistas y los comunistas, quienes, coincidiendo con radicales y algunos conservadores, y con el departamento de estado norteamericano, lo identificaron meramente con el nazi fascismo, como un mero reflejo de la realidad (esta última reflexión podría haber sido hecha por Weber en un viejo bodegón imaginario y hubiera contado, probablemente, con el silencioso asentimiento del mozo simpatizante del peronismo) y en casos más burdos como una maniobra de la embajada Alemana, sin tener en cuenta la situación Argentina .
Una segunda etapa interpretativa, menos esquemática, deriva de variadas corrientes de origen trotskistas - Aurelio Narvaja, Jorge Abelardo Ramos, Silvio Frondizi, Nahuel Moreno) a la que adherirían algunos estalinistas como Rodolfo Puiggros y Eduardo Artesano.
Esta nueva línea rescataba el concepto marxista de Bonapartismo, tal como fue desarrollada por Marx (lucha de clases en Francia y el 18 Brumario) Engels (El origen de la familia, la propiedad y el estado, La cuestión de la vivienda, Violencia y economía en la formación del nuevo imperio Alemán y carta a Marx del 13 de abril de 1866) Gramsci (notas sobre Maquiavelo y sobre el estado moderno) Lenin (los comienzos del bonapartismo y enseñanzas de la revolución) Trosky (Historia de la revolución Rusa, Adonde va Alemania)
En realidad el peronismo, tal cual se dio, parecía encajar con la definición clásica de bonapartismo. En el diccionario de Norberto Bobbio y Nicola Matteucci, se define al bonapartismo como el fenómeno de la “personalización del poder” y el predominio de elementos carismáticos (en este momento, en el bodegón imaginario Weber, algo pasado de copas, golpea la mesa y dice: claro yo lo decía) que concentran la legitimidad del poder del estado en la personalidad del jefe, que se presenta como representante del pueblo-nación. El bonapartismo se refiere, pues, a las formad de legitimación del poder estatal. En los estados modernos, caracterizados por la articulación del poder legislativo y del poder ejecutivo , el bonapartismo está ligado al predominio del ejecutivo sobre el legislativo, a la “independencia” que el poder del estado parece asumir frente a las clases y la sociedad civil (fin de la cita).
Esa relativa autonomía del aparato del estado, frente a las clases sociales en pugna, es alcanzada por los bonapartismos apoyándose en tres instituciones básicas : la iglesia el ejército y la policía. El bonapartismo clásico y el peronismo, según esa lectura, aparentan imparcialidad, pretenden hacer del estado el mediador entre las clases sociales, llegando hasta cierto punto a alcanzar una autonomía relativa, cierta independencia momentánea frente a la sociedad. El bonapartismo peronistas, dicen, surgió como consecuencia de la fragmentación de la sociedad Argentina, en la que ningún sector de la clase dominante era suficientemente fuerte para lograr la hegemonía. El bonapartismo logra establece un equilibrio inestable y llenar parcialmente el vacío de la hegemonía. Por eso se hace difícil determinar que sector de la clase dominante representa.
El mismo Perón parecía en alguno de sus discursos coincidir con la lectura de esto esforzados dirigentes en un discurso del 28 de junio de 1944: “sostenemos en la secretaría de trabajo y previsión que los problemas sociales no se han resuelto nunca por la lucha sino por la armonía. Y es así que propiciamos, no la lucha entre el capital y el trabajo, sino el acuerdo entre unos y otros, tutelados los dos factores por la autoridad y la justicia que emana del estado”
El bonapartismo sería entonces una impostura, se presenta como populista cuando en realidad defiende los interese en peligro de los capitalistas, un “gatopardismo”, es decir, la estrategia de conceder algo para no perderlo todo, cambiar algo para que todo siga igual. Esa definición también cuenta con un discurso de Perón para ilustrarla: “hagamos la revolución antes de que la haga el pueblo” o aquella otra acaso más famosa del 25 de agosto de 1944 en la bolsa de comercio:”es necesario saber dar un 30 por ciento a tiempo que perder todo a posteriori.
Luego, en la segunda etapa del peronismo, siguiendo la periodización de Horowicz, es decir el peronismo de la resistencia, el peronismo alejado del estado, el peronismo como hecho maldito del país burgués, tal como lo había definido, John William Cooke, esas acusaciones de Bonapartismo, se fueron diluyendo, y surge un peronismo de izquierda, en algunos casos inspirado por los mismos actores que habían sostenido la postura anterior, como es el caso de Puiggrós y de Jorge Abelardo Ramos.

Método histórico comparativo: el varguismo en Brasil y el peronismo en la Argentina

En un libro ya clásico de las ciencias sociales en la Argentina, que ha atravesado la década del sesenta y del setenta, que fue silenciado por la dictadura y que se desliza entre nosotros en la actualidad con su potencia intacta, Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero hacen la comparación de dos procesos populistas que se desarrollaron en el mismo tramo histórico en América Latina: me refiero al varguismo en Brasil y al peronismo en la Argentina.
Su primera parte aportó una renovada mirada sobre la naturaleza de la industrialización por sustitución de importaciones ocurrida en la década de 1930. En este primer estudio los autores dialogan con la obra de Milcíades Peña. Este pensador, proveniente de la corriente trotskista orientada por Nahuel Moreno, se había constituido en uno de los estudiosos más originales de la formación, evolución y estructura de clase dominante argentina y, más específicamente , en un impugnador de la idea de una burguesía dividida por una conflictividad esencial  entre sectores agrarios e industriales. Para este acérrimo adversario de las interpretaciones historiográficas tanto liberales como nacional populistas, había existido desde siempre una unidad y complementariedad de intereses entre ambos grupos burgueses, una suerte de fusión.
Murmis y Portantiero se emparentaron con esa pionera concepción, en lo que hacía a la ausencia de conflictos orgánicos entre propietarios del agro y de la industria. Pero se distanciaron de Peña en la idea de fusión. Ellos entendieron que el proceso de industrialización no fue indiscutido (aunque sí fue más progresivo, pues los que se opusieron lo hicieron por su carácter avanzado y no por su alcance moderado) y que no todos los sectores rurales participaron del acuerdo con los industriales, sino su facción más poderosa. Es decir, allí donde Peña vio a una clase dominante homogeneizada en un proyecto de “caricatura” de industrialización o de “pseudo industrialización”, Murmis y Portantiero encontraron una clase propietaria escindida transversalmente en dos alianzas de clase: una a favor de una industrialización limitada; otra en contra de cualquiera de ellas. Donde el intelectual trotskista encontró a una burguesía dividida en dos alas separadas por fronteras más bien tenues, aquellos autores hallaron una alianza entre dos componentes burgueses diferenciados, coyunturalmente unidos por la comunidad de intereses y ordenados en torno al control hegemónico de uno de ellos
En la segunda parte el diálogo de los autores se produjo con el investigador italiano Guido Germani, quien presentaba a una sociedad Argentina alterada por un corte abrupto entre vieja y nueva clase obrera que se había producido a partir de los años treinta, mientras se desplegaba la rápida industrialización sustitutiva. El viejo sector aparecía, a los ojos de este autor, como naturalmente inclinado a ideologías de clase; mayoritariamente descendiente de una inmigración extranjera, portaba un carácter autónomo, poseía una extensa tradición político sindical y tenía una relación de larga data con el mundo urbano y la producción industrial. En cambio, los nuevos trabajadores, provenientes de una migración interna desde las provincias rurales, se mostraban carentes de esa experiencia. Contrariando  el modelo clásico de actitudes obreras, aparecían condicionados por la inmediatez de sus reclamos, portando valores de heteronimia y adoptando una conciencia de movilidad antes que una de clase. Por esas razones, para Germani estos contingentes laborales recientemente desplazados habían sido esquivos a las organizaciones de clase y se habían convertido en masa en disponibilidad para el ejercicio de proyectos autoritarios y demagogos como el que practicaba Perón.
Murmis y Portantiero intentaron desarmar tan sarmientina lectura  del investigador italiano acerca de la relación entre estos nuevos sectores y la gestación del populismo, replanteando la década de 1930, en especial, lo que hacía a los resultados sociales del crecimiento de la industrialización sustitutiva. Dicho proceso fue entendido como una intensa explotación laboral, producto de una acumulación capitalista sin políticas públicas de redistribución social, que dejó un monto creciente de reivindicaciones obreras insatisfechas.
Además de discutir la interpretación de Germani los autores intentaron descifrar las características específicas del peronismo que lo diferenciaban de otras experiencias de regímenes nacional populares particularmente del varguismo brasileño. Según ellos, esta última sincronizó tres procesos: el de la llegada del nacionalismo popular al poder, el de la industrialización y el intervencionismo social; así, dada la ausencia de un gran sindicalismo autónomo reformista, el resultado no pudo ser otro que la subordinación inmediata y total del proletariado al estado populista. En Argentina, en cambio, la industrialización fue previa y carente de políticas redistributivas; así, la intervención estatal que luego desarrollo el peronismo operó sobre un fuerte sindicalismo que venía a presentar una tenaz fuerza reivindicativa. Es decir, en el caso del varguismo, fue el estado el que de un modo inmediato y directo integró a la clase obrera, sin pasar por la instancia de tener que “estatizar” o disciplinar organizaciones existentes (más bien creó los sindicatos desde arriba). El peronismo, en cambio, expresó un caso distinto. En la Argentina, dado que los sindicatos eran aparatos poderosos ya antes de la llegada del régimen populista, este último debió aceptar la ubicación de aquellos (y fugazmente , del partido que habían creado) como mediadores entre los trabajadores y el poder político
Marx interrumpió furioso gritando que debían expulsar del partido a los autores de esas ideas y cuando le dijeron que ya habían sido expulsado se fue volcando un vaso y sin pagar la cuenta. Weber susurraba en el oído de una cantante de tangos que se había acercado a la mesa que todo eso no era más que una sustracción de sus teorías. La cantante le dijo que se trataba del método histórico comparativo, pero a esta altura de la noche el gran sociólogo ya no la escuchaba.

Conclusión

Qué pasó entonces para que, a pesar de producirse, en los años treinta, una fuerte industrialización y la formación de sindicatos fuertes, no se produjera un partido clasista capaz de conducir a esas masas hacia las reivindicaciones sociales que lograron una década después con el peronismo. Lo que sucedió fue la politica. Y la política es la intencionalidad de la historia. Los dominados, carentes de poder materal tienen como única posibilidad la de crear otro poder y el poder que crearon se llamó peronismo, y eligieron a ese líder acaso porque Perón fue el que mejor leyó la circunstancia histórica que le tocó vivir. Y a diferencia de sus adversarios supo convertir esa lectura en fuerza material, porque de lo que se trata, como dijo Marx, no es solo de interpretar la historia sino de interpretarla para transformarla.


Bibliografía

Los cuatro peronismos - Alejandro Horowicz
Los deseos imaginarios del peronismo - Juan José Sebreli
Estudios sobre los orígenes del peronismo - Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero
Diccionario de Política - Norberto Bobbio y Nicola Matteucci
Estudios sobre el peronismo - José Pablo Feinmann