sábado, 21 de julio de 2012

Las parrafadas de La Sarlo

     Soy un lector tardío de los on-line de los diarios, o de los portales, si se quiere usar una palabra española a falta de una del río de La Plata. Aunque tal vez lo era sin darme cuenta: ya hace algunos años los diarios de más venta habían adaptado su estilos a la modalidad de la lectura en internet o de lo que ellos piensan que es esa lectura o de lo que ellos quisieran que fuera. No importa. Proliferaron notas de pocas lineas, aptas para una lectura rápida y despersonalizada. Esa nueva forma del periodismo correspondía también a lo que la época quiere imponer como actualidad, es decir, pura aceleración, una noticia que sucede a la otra, que nos dejaría ante un presente eterno sin posibilidad de construir una memoria y mucho menos una utopía o si se quiere una identidad.
     De todas maneras, prendemos la computadora cada mañana, inaugurando una nueva ceremonia, la plegaria matutina del burgués, como dijo el viejo Hegel, aunque con un aparato demoníaco que el último filósofo no había imaginado. Lo primero que vamos a decir es que es más higiénico, no tenemos que dar vuelta ninguna hoja cubierta con tinta, solo un doble click sobre el ícono que representa al diario que vamos  a elegir o sobre la nota que vamos a leer y correr la imágen con una ruedita que tiene el mouse que manejamos con la mano derecha. Si leemos La Nación las columnas estan luego de las noticias, hay que correr la ruedita un par de veces. Cada columnista tiene su foto pero lo que busca captar la atención del lector son los títulos. Casi todos están referidos a la presidenta y la modalidad en su totalidad es insultante y despreciativa. No vamos a repetir ninguno sin embargo vale consignar que es una victoria política, seguramente no deseada por la presidenta, que cada cosa de la realidad, según estos señores, le esté referida.
     Entre los columnistas está Beatriz Sarlo. Leí en los ochenta un par de libros suyos que me parecieron dignos de releer: El Imperio de los Sentimientos que era un estudio de los folletines y sobretodo Buenos Aires: una modernidad Periférica, libro deudor, luego lo supe, de Walter Benjamin, que ligaba la literatura Argentina y sobretodo Arlt y Borges con las transformaciones de la ciudad en las décadas del 20 y el 30.
Luego en los noventa leí, con menos interés, los libros referidos a los nuevos fenómenos de la modernidad, los llamados no-lugares, fundamentalmente los shoppings que empezaban a aparecer en esos años.
     La primera columna que recuerdo haber leído de ella en La Nación data del año 2005 y la destinataria de sus críticas era -adivinaron- Cristina Fernandez. La circunstancia era la elección de senadores de la provincia de Buenos Aires en la que la presidenta derrotó a Chiche Duhalde. La crítica se refería a la negativa de la entonces senadora a darle reportajes a La Nación y a contestar un requerimiento de Poder Ciudadano, ong que, por entonces, se atribuía la fiscalización de la conducta de la clase política. Luego esas críticas se repitieron, casi son una sola columna que se vuelve a publicar una y otra vez y en las que Sarlo sacrifica su yo para mimetizarse con su otro, o con su otra, en este caso la presidenta de la nación. Esa sola columna tiene un estilo fragmentado, cada parrafo, de cinco o seis renglones, desarrolla una idea que es un pretexto para insertar un adjetivo que ilustre su desagrado ante cada acción de Cristina Fernandez.
     ¿Estaba esta Sarlo entre las lineas de aquellos libros admirados de los ochenta o en sus sutiles lecturas de Borges? Es una pregunta que me repito cada vez que leo con creciente frustración sus párrafos.
     

sábado, 30 de junio de 2012

Gracias Badìa

     Toda vida que se pierde es irrecuperable. Lo digo conciente de que la maquinaria mediàtica amenaza con condenar a la repeticiòn cualquier palabra que se diga en estas circunstancias.
     Juan Alberto Badìa, de èl quiero hablar, desenpolvò la palabra trayectoria, la dijo en su ùltima apariciòn pùblica en la entrega de los premios Martìn Fierro. Esa palabra, dicha en ese àmbito, creaba una diferencia, porque trayectoria supone una temporalidad distinta a la que està  vigente, una cadena de hechos necesarias, incluso retrocesos o inmovilidades. Es decir: trayectoria supone tiempo, trabajo, lucha, y no escàndalo, impacto, estridencia y mucho menos la banalidad grosera y pornogràfica imperantes. Ahì habìa un choque de culturas. Claro que eso no fue advertido en esa reuniòn, porque los enfermos no joden, los muertos menos.
    Badìa podìa reclamar trayectorias porque estaba respaldado por su trabajo y por la modalidad en la que habìa hecho sus programas. Su gran èxito, Badìa y cia era un programa òmnibus, es decir duraba 5 o 6 horas, correspondìa a una època que hoy parece prehistòrica, anterior a la tv por cable y a internet. No necesitaba retener al televidente con el recurso del impacto permanente, de la estridencia y la velocidad. No levantaba la voz, su hablar era pausado, tal vez porque tenìa cosas para decir. Recuerdo que en ese programa estuvieron Borges y Sàbato, pero tambièn Sergio Denis y Spinetta y el profesor Lambetain y el mismìsimo Tinelli algo màs gordo y lento. Es decir, tenìa la idea de que lo popular podìa convivir con la alta cultura.
     Alguna vez me lo crucè en la calle, yo iba con mi abuela, nos regalò su amabilidad y su paciencia.
     Dije que su vida es irrecuperable, como es irrecuperable y ùnica cada vida. Nos dejò la nostalgia de una època perdida, pero su trayectoria nos ayuda a pensar, en medio de los gritos y la banalidad infinita, que la creaciòn de una diferencia no es solo posible sino que es indispensable.

sábado, 16 de junio de 2012

Lanata, Sarlo y el discurso Lilita

     Todo en Lilita es un exceso, hasta su derrota. La conocimos en los lejanos días de la reforma constitucional del año 1994 en los que se destacó como referente alfonsinista, algo intelectual (sus admiradores suelen exagerar ese rasgo, pero nunca pudo demostrar ni en un artículo, ni en una exposición pública un nivel cultural que superara la media de la clase política Argentina) y cercana a lo que entonces se entendía como centroizquierda.
     Un día apareció con un pesado crucifijo y aún así no pareció que hubiera cambiado demasiado. Ese nuevo exceso, ahora teológico, le daba una teatralidad que ya tenía rasgos de comedia. Sin embargo, el hecho que la llevó a su mejor interpretación fue el triunfo de Nestor Kirchner en las elecciones en las que Lilita se había presentado como candidata a presidenta por primera vez.
     Fue una derrota pero fue también un renacer. Se despojó de los ropajes de centro izquierda que ya le resultaban incómodos y se puso los de centroderecha. Aprovechó el declinar de Ricardo Lopez Murphi y se puso en su lugar, lo que significaba absorber los mejores cuadros de esa corriente política y el derecho a ocupar los mejores espacios en los medios dominantes.
     Sin embargo, cuando ocurrió lo que se llamó la crisis del campo no pudo liderar a ese sector: Cobos ocupó ese lugar. Pudo haber sido el comienzo de su declinar, pero en las elecciones del 2009 su partido la Coalición Cívica quedó en segundo lugar a unos pocos puntos del Frente para la Victoria.
     Se puede decir que la reacción inesperada del Kirchnerismo la desubicó. Se esperaba un declinar de la presidenta parecido al de Alfonsín pero lo que sucedió fue una contraofensiva con una serie de medidas a las que no se supo cómo reaccionar. Si toda la vida se había dicho que había que hacer una nueva ley de medios, cómo oponerse. Si se había presentado un proyecto parecido a la Asignación Universal por Hijo cómo decir que se estaba en contra.
     Ahí apareció ese personaje mediático increíble, vilipendiado hasta el exceso por 678 y usado hasta el hartazgo por TN. Se convirtió en la contracara farsesca de Cristina imitando mal alguno de sus mejores y de sus peores rasgos. Si Cristina anunciaba el cielo, ella ofrecía el apocalipsis; si el pueblo salía a la calle a festejar ella veía actores pagos por el estado. No se dió descanso ni en el duelo de su rival y nos agotó y se consumió a si misma hasta casi desaparecer en las elecciones del 2011.
     Y entonces volvió Jorge Lanata. Le pusieron rapidamente el vestuario lo maquillaron un poco y lo empujaron para que saliera a escena. Beatriz Sarlo también interviene en la obra. Recita un manual de buenos modales que ella llama republicanismo. Aparece también un grupo de extras con cacerolas a modo de coro griego.
     Todo eso para reemplazar a Lilita. Dicen su discurso pero no es lo mismo. Ella inundaba con su carisma. Hacía pausas, miraba a cámara, lloraba, engordaba, adelgazaba y volvía a engordar, todo por su público. Dirán que su discurso es el discurso de Clarín o incluso pueden decir que es el de la clase social que se niega a perder sus privilegios, pero suyo o ajeno ella decía las palabras y se apropiaba de ellas como las grandes estrellas del espectáculo argentino-
     

domingo, 3 de junio de 2012

La historia como repetición

     Hay una tendencia en el pensamiento a creer que la historia se repite. Aunque la repetición pueda parecer asfixiante, tiene el atractivo de lo mecánico: si esto ocurre, sucederá luego aquello y todo seguirá más o menos igual.
     Horacio Gonzalez, en su último libro "La Lengua del Ultraje",cita a Sarmiento: "la Mazorca, con los mismos caracteres, compuesta de los mismos nombres. Ha existido en la edad media en Francia en los tiempos de la guerra entre los partidos de los Armagnar y del duque de Borgoña". Luego dice el propio Horacio: Sarmiento resuelve todo con un ejercicio de sustituciones...Esta sustitución opera por reemplazo de cada punto por otro que mantiene su correspondencia por encima de las distancias de época...De esta forma se hacía fácil poner en juego el recurrente motivo de la "repetición de la historia".
     Este mecanismo de la repetición también lo ve Horacio Gonzalez en el Dieciocho Brumario de Karl Marx: "Marx describe la repetición histórica con grandes argucias metafóricas, como producto de un pasado que se transforma en fuerza onírica colectiva, a la manera de una recurrente pesadilla que lleva a la pavorosa ilusión de que es posible relatar los hechos nuevos con los recursos que una epopeya anterior ya ha preparado. Y luego: "El tiempo circular, sin embargo, no atraía a Marx, y si como tragedia le era levemente aceptable, el mundo moderno ya tenía que decidir que la mentalidad colectiva atrapada por la cita del pasado solo podía considerarse una farsa."A este concepto queríamos llegar: la repetición se hace imposible, porque al repetirse un ciclo, ya sin algunos de sus elementos que lo acompañaban, se convierte en una farsa.
     Cómo se puede considerarse entonces a la reaparición de estos señores Biolcatti y Bussi y su coro de cacerolas indignadas sino como una farsa. Hay sí un ciclo que se repite: el triunfo de Cristina, esta vez no con el 47 % de los votos sino con 7 puntos más; aumento de los impuestos, desde una cifra irrisoria a una más cercana al equilibrio; 8000 millones de dólares que ese sector no liquida, solo para demostrar que son ellos los que mandan; y una reacción del sector político esta vez algo más racional permitiendo la sanción de la ley que permite el aumento de los impuestos. Es decir: igual, pero no tanto.
     También se suma a estos ciclos farsescos lo que podemos llamar el teleteatro del dolar, no disociado, como ya dijimos con la manera que el poder económico le hace sentir su fuerza al poder político cuando este intenta salirse de la linea de sus intereses, pero relacionado también con una cultura del miedo a perderlo todo de un sector importante de nuestra sociedad. No hubo una respuesta adecuada, a mi entender, para desactivar ese miedo entendible de un grupo social que todavía tiene memoria de pasadas catástrofes que truncaron más de una vida. Y es una falta que pronto se deberá cubrir sobretodo tratándose de un gobierno que ha entendido que toda batalla política es también una batalla simbólica.

sábado, 5 de mayo de 2012

La linea de Página 12

     Supongo que existe una continuidad, una linea que va desde la revista Satiricón en los principios de los setenta; la revista Humor de fines de los setenta y comienzo de los ochenta; la revista El Periodista de Buenos Aires; y finalmente el diario Página12. Esa linea es también la linea que cruza nuestras vidas. Es decir, hubo un motivo por el cual elegimos esas lecturas y no otras. Alguien dirá: las elegimos porque eramos jóvenes. Las elegimos porque había una sustancia en esa revistas que era el humor. Un humor desafiante, escandaloso, juvenil, crítico (Satiricón fue censurada por el gobierno de Isabel y Lopez Rega y un número de la revista Humor fue secuestrado por la dictadura). También había caricaturas, las demoledoras tapas de Cascioli cuando ya la censura se escapaba por la ventana- Había columnistas, lo que permitía identificarse con una escritura (otra cosa en común que tenían esos medios era que escribían muy buenos escritores o periodistas que luego se dedicarían a la literatura) y luego sentir, de alguna manera, que se establecía un diálogo con aquel que escribía y que ponía su foto en la parte superior de la nota.
     En los primeros años Página te manchaba los dedos. Se podía decir entonces que leíamos el diario con todo el cuerpo y que quedábamos con una mancha en nosotros como consecuencia de la lectura. Dedos manchados para enchastrar al mundo establecido, dedos manchados para reconocerse en la calle con otros que habían tocado la misma lectura. Aún hoy, si veo a alguien en el colectivo leyendo Página me dan ganas de levantarme y saludarlo como a un amigo todavía no conocido.
     Página 12 es, en muchos sentidos, la cristalización de esa linea. Varios de los que escriben o escribieron en Página también lo hicieron en los otros medios. Puedo nombrar rápidamente a José Pablo Feinmann, mi escritor preferido.
     Jorge Lanata, que fue su primer director y luego difamador, quiere, aún hoy, apoderarse del diario. Busca en sus bolsillos el prestigio perdido y solo encuentra migajas de aquella época: la tapa amarilla o alguna anécdota lateral, porque ya no puede reivincidar las ideas del diario, esas ideas defendidas con valor por Página en el desierto de la década menemista  hoy están, para alegría de muchos de nosotros, en el gobierno.

miércoles, 25 de abril de 2012

El discurso de las mercancías

     Las mercancías no hablan. Se limitan a permanecer cerca o lejos de nosotros, accesibles o no,  visibles e inmóviles, pero siempre mudas.
     Es cierto que el discurso publicitario, es decir, los carteles en la calle, los avisos en la televisión o en la radio, bien pueden identificarse como el lenguaje que las mercancías por si misma no emiten.
     La repetición es la estrategia más común de ese discurso. Esa repetición, a pesar de su estridencia y de sus colores agresivos, no cansa, se incorpora a nosotros, se naturaliza sin causar el mínimo conflicto.
     ¿Viste tal propaganda? Las propagandas, según su estrategia, pueden ser chistosas o conmovedoras, cargadas de erotismo o de violencia: hay una propaganda para cada uno de nosotros. Pero, ¿no somos nosotros mismos, nuestra vestimenta, nuestro consumo, nuestro lenguaje, nuestra propia vida en definitiva, una manifestación de las mercancías, una especie de trascendencia de esos objetos que nosotros mismos les prestamos sin que se nos haya pedido?
     Hay, podemos concluir, un gobierno de las mercancías. Ellas ocupan todo el espacio, son pura inmanencia, no hay nada fuera de ellas. Como el Dios de la edad media reinan y se hace su voluntad.
     Ahora ¿se puede modificar esta realidad? Sí, se puede. A la inmovilidad del mundo de las mercancías le debemos imponer la actividad humana; a la repetición de lo viejo, la creatividad; y al silencio de las mercancías la comunicación entre los hombres

sábado, 14 de abril de 2012

Por qué habla Videla

     Tan importante es pensar en lo que dice Videla como pensar en por qué lo dice, por qué habla. En principio se trata de una desobediencia, de una ruptura. Dice: hubo siete u ocho mil desaparecidos. Dice: los empresarios y la iglesia estaba de acuerdo. Todos lo sabíamos pero tiene mucho peso simbólico que Videla lo diga.
     En el relato procesista Videla era el cadete, el austero, el silencioso, el que leía libros religiosos durante los juicios. Massera era el putañero, el corrupto, el que dirigía la Esma. Pero el peor de sus crímenes era que coqueteaba con el populismo: le mandaba flores a Isabel y dólares a Firmenich. Era tan malo que se convertía en una anomalía, en un exceso.
     Ahora Videla habla y la diferencia se derrumba. Videla se desnuda en público y desnuda al sistema. Videla dice: queríamos disciplinar la sociedad para imponer una economía liberal. Mejor síntesis imposible.
     La frutilla del postre es la utilización del término disposición final que, según dice Videla, en el vocablo militar significa "sacar de servicio una cosa inservible".