sábado, 11 de mayo de 2013

Pedro, el librero, contra la tiranía del tiempo

     Debo confesar: compro libros en forma compulsiva. Y por qué calificar de compulsivo a ese deseo primordial que me ha acompañado desde el fondo de los tiempos. No lo hago con la intención de disminuirlo, acaso tenga que ver con la tendencia de vivir con culpa todo deseo gratuito, quiero decir, no relacionado con el uso instrumental de las cosas, o por haber desobedecido el mandato social del ahorro.
     No recuerdo, ahora, la primera vez que me paré frente a la vidriera de una librería. Tal vez porque si la hubo, y debe haber sido así, como con todas las cosas que nacen y mueren en el tiempo, no me debo haber interesado con un autor en particular, o por un contenido requerido por la escuela, sino por el color, o por algún dibujo que hubiera en la portada. Era lo esperado, porque mis primeras lecturas fueron las revistas de historietas que mi abuelo me traía para que pudiera soportar mis largas estadías dentro de la casa curándome de algún ataque de asma.
     Quise dibujar, tal como lo hizo el maestro Feinmann, aquellos superhéroes, pero me fue imposible, y como como había sucedido con mi enfermedad y más tarde con mi experiencia con la música, fueron las palabras, a partir de esa época las que cubrían las páginas de esos primeros libros, las que vinieron a rescatarme de mi ausencia de talento como dibujante.
     Quiero tener libros, de eso se trata. Y luego de adquirirlos, mirarlos, como si fuera un cazador con su presa.
     ¿Se trata de un mero deseo de acumular, o se trata de la antigua búsqueda de un sentido que ordene lo que aparece caótico en la experiencia?
     Cuando se llega a la cifra de tres mil libros (nunca los conté, pero establecer una cifra, aunque suene desmesurada, ayuda a que las diversas pilas, cajas y estanterías abarrotadas de libros no parezcan infinitas, y cierta racionalidad, en este caso la que se toma prestada de las matemáticas, impere sobre tanta desmesura material) se produce una sensación de vértigo.
     Como consecuencia de comprar tanto, hay libros que quedan veinte años sin ser leídos, postergados en un ostracismo muchas veces injusto, por la arbitrariedad de un autodidacta (soy un autodidacta culposo que cada tanto entra en alguna institución educativa) y son rescatados de manera tan azarosa como cuando fueron olvidados en un principio, por el azar de alguna recomendación o porque fueron nombrados por algún escritor admirado o en algún diario o programa de radio que se escucha con frecuencia, como fue el caso del libro que motivo este artículo: Pastoral Americana de Philip Roth.
     Lo había comprado precisamente hace veinte años, me lo había recomendado Pedro, un librero inolvidable, recientemente fallecido, uno de los últimos libreros como dijo alguien que había sido su compañero de trabajo, un educador anónimo que ejercía su magisterio en lugares que tal vez no fueran más que cadenas comerciales que vendían libros como podrían vender cualquier otra cosa y que ahora que no está Pedro efectivamente venden cualquier cosa, una mercancía cualquiera, que es despachada anónima y deshumanizada a manos de otros que tampoco se dan cuenta que están comprando. Pedro no. Pedro era distinto, recomendaba con su voz suave y bondadosa los libros que él consideraba fundamentales para la persona que iba a buscarlos y hasta podía mandarlos a otra librería de la competencia, en las propias narices de los dueños de la librería Fausto, ahora Cúspide, si en la librería que trabajaba no tenían aquel libro.
     El caso es que Pedro me recomendó el libro, Pastoral Americana, que estoy leyendo finalmente, luego de veinte años, y no puedo dejar de pensar que, de alguna manera, cada vez que lo leo, se produce un quiebre en la linea del tiempo, y traigo al presente a Pedro que quiso que lo leyera y a Philip Roth en el momento que lo escribió y por que no también al Sueco, que nunca estuvo realmente en el tiempo porque es el protagonista de la novela, y que no puede entender como su hija puso una bomba en la farmacia de un pequeño pueblo de los Estados Unidos si ni siquiera en la biblioteca de ese lugar remoto se puede conseguir un ejemplar del manifiesto comunista.

sábado, 27 de abril de 2013

La respuesta de la sangre

     Qué es lo que, todavía hoy, habiendo pasado ríos de lodo y fuego, no podemos simbolizar. Lo real, diría Lacan, el horror, diría Kurtz con la voz de Marlon Brando.
     La locura y la pobreza. Digo: la pobreza que trae la locura, la locura que, sin duda, trae la pobreza.
     Nos deslizamos por las calles y nos chocamos con desechos humanos, sentimos ante ellos una mezcla de temor y verguenza, recurrimos a una ideología del engaño y la hipocresía para fingir que creemos que ellos son culpables de algo. ¿Y los chiquitos que está con ellos, de qué son culpables.
     ¿Qué hacer con la pobreza entonces, qué hacer con la locura?
     Yo digo: ningún niño deber dormir en la calle. Yo digo: todos los planes sociales son pocos si hay un solo niño que vive en la calle.
     En estas últimas horas una horda militarizada, en nombre, creo, del estado municipal, dió la respuesta de la sangre. Ningún compañero debe permitir que esto vuelva a repetirse: esa debe ser nuestra lucha de ahora en adelante.

viernes, 19 de abril de 2013

Cuaderno de bitácora de un estudiante de filosofía: el aparato

     ¿Vale la pena contar la pequeña anécdota que genera estas lineas, o se la debe dejar diluirse, como sin duda sucederá la cuente o no en este artículo, en el entramado de otras historias de nuestro tiempo sin duda más relevantes?
     Bastará con que diga que se trata de una reunión entre docentes y estudiantes del Joaquín V. Gonzalez para decidir si se asistirá o no a una reunión organizada por el estado.
     ¿Es este hecho inusual como a mí me parece? A mi me generó una expectativa importante: la democracia sigue siendo una novedad para muchos de nosotros, tal vez, porque si es verdadera tiene que estar inventándose todo el tiempo y debe ser puesta en crisis para que continúe su movimiento en busca de nuevos límites cada vez.
     Me levanté temprano y con buen ánimo para llegar al instituto. Acaso esperaba encontrar un ambiente parecido al del ingreso, es decir, la circulación de la palabra propia, la alegría del compañerismo y el cuidado del otro.
     La reunión comenzó con la palabra de un representante de cada uno de los 17 departamentos. Por un acuerdo previo se le concedía tres minutos a cada uno. Ese acuerdo se respetó. Cada uno, según su estilo, intentó ser claro, sin agresiones y hasta con cierta creatividad en la presentación de cada discurso.
     Luego hablaron los estudiantes. Se dice al auditorio que hay una lista de oradores en la que hay que anotarse si se quiere hablar, sin embargo, pronto se advierte que todos los que hablan parecen turnarse para decir el mismo discurso. Muchos de nosotros sentimos, con impotencia, que eramos extras de un guión que había sido escrito antes, que estábamos siendo aparateados, es decir privados de nuestra autonomía, que la palabras ya no circulaba sino que se había banalizado, que la habían sustraído vaya a saber con qué propósito.
     El aparato se sustantiva y termina siendo un fin en si mismo. Los que lo usan creen que saben usarlo pero ellos también terminan siendo un engranaje más, una tuerca que una vez ajustada se quedá allí para siempre.
     No me quedé a ver la función de la mañana hasta el final. Me dicen que hubo una compañera que se obstinó en hablar por todos nosotros (¡las mujeres siempre más fuertes!) y que fue abucheada o interrumpida o las dos cosas a la vez. Qué lástima ¿no?
     Salí del instituto y el sol del otoño me recibió como siempre, sabio y paciente me supo escuchar como lo hizo siempre que lo necesité

domingo, 7 de abril de 2013

Cuaderno de bitácora de un estudiante de filosofía: Sócrates sigue hablándo(nos)

     Era sabido que alguien, cualquiera, en la intensidad de alguna clase del profesorado de filosofía o bien en alguna bibliografía, soltaría una frase que, según Platón dijo Sócrates, y que no perdió nada de su densidad, con el paso del barro, la sangre y el veneno, esa famosa frase es, por supuesto, "solo sé que no sé nada". En este caso se trata de la bibliografía de la cátedra del profesor Vícari, un artículo de Elisa Caruso, desconocida para mí hasta ese momento, ahí justamente, en el medio de una página, luego de analizar la tensión entre sabiduría y saber que según ella, o mejor dicho, según la lectura que hice yo de su artículo, es constitutiva de la filosofía, larga esa frase revolucionaria que tuvo que soportar durante muchos años, tal vez demasiados, los embates de los intentos de banalizarla y de convertirla en un lugar común más. Y en esa lectura, confieso distraída en un atestado colectivo 99, yo, en mi condición de aristócrata poseedor de un asiento, percibí en esa frase un nuevo sentido, tal vez no tan nuevo, se me perdonará el asombro ante el descubrimiento acaso causado por el sueño y el traqueteo del colectivo, porque tal vez sea el mismo que percibieron las autoridades que condenaron al desafortunado Sócrates a beber la cicuta y que, sin querer, cometieron el error que suelen cometer los verdugos, y le regalaron la gloria de los que mueren por una causa, la causa contenida en esa breve frase, es decir, solo sé que no sé nada, con esa frase, digo, y ahí està el nuevo sentido, no solo tenía la solitaria conciencia de su ignorancia sino que desconocía y hacía caer con sus imprudentes preguntas todo el saber vigente y todo el poder, incluido el de sus atemorizados verdugos.
     La pregunta que me hago es: qué pasaría hoy, que vivimos abrumados por innumerables informaciones, si esa frase fuera dicha, que pasaría con el imprudente que la pronuncie, poniendo en riesgo, no ya el poder de  unos pocos ciudadanos griegos sino de todo el mundo globalizado y el poder de la dictadura militar-mediática, en el mejor de los casos sería medicado con un sucedáneo de la cicuta, uno de esas pastillas adormecedoras que consumen las multitudes para soportar la existencia, en el peor Guantánamo o alguno de esos barrios privados que tiene el imperio para los que no entienden nada.

lunes, 1 de abril de 2013

La batalla del dolar

     Hay un fantasma que recorre la Argentina: el fantasma del dòlar. Mientras nos ocupamos de los fulgores del Papa argentino, si le lavò los pies a los presos, si se preparò el mate solo, si usa una cruz de plata en lugar de una de oro, los ejèrcitos verdes avanzan fantasmales por las cuevas de la city.
     El dòlar es el sìmbolo màs poderoso, el gran significante.
     No creo que se haya plantado frente al discurso del dòlar, un contradiscurso como la ley de medios, ni siquiera uno de similar intensidad y persistencia como el que permitiò mantener viva la causa de los derechos humanos, aùn cuando hubo que esperar tantos años, y hubo que escribir tantos artìculos, tantos libros y tantas manifestaciones. Solo algunas medida, que no discutirè en su necesidad tècnica, pero con resultados màs que dudosos en lo simbòlico.
     Se sabe que en la Argentina no se imprimen dòlares, es un bien importado por el cual todos tenemos que pagar. Paso a enumerar, de memoria, algunos datos de la historia de ese "costo" claramente innecesario. La deuda externa argentina creciò de cerca de 7000 millones de dòlares luego del golpe a Isabel a 46000 millones de dòlares cuando asumiò Alfonsìn, para pasar a cerca de 70000 cuando asumiò Menem, y luego pasar al doble, es decir a cerca de 140000 millones de dòlares cuando termino tan ejemplar gobierno. El broche de oro fue el megacanje de De la Rua y Cavallo que llevaron la deuda a una cifra cercana a los 200000 millones de dòlares.
     200000 millones de dòlares. Toda una materialidad. Cuàntos paises se pudieron haber armado con esa cifra y cuàl efectivamente emergiò.
     Feinmann en la temporada televisiva en la que analizò el pensamiento nacional, tomò la linea de Discepolo, creo, que dice que no hay verdad que se resista frente a dos pesos moneda nacional. Què podrìamos decir entonces de 200000 millones de dòlares (aviso: de acà al final del artìculo voy a repetir obsesivamente esta cifra). Entre aquellos dos pesos y estos 200000 millones de dòlares, hay casi tanta diferencia como la que habìa entre las flechas de los indios y los Remintong de los soldados del general Roca. Què verdad se puede resistir. Què verdad revela esos 200000 millones de dòlares. Probablemente la verdad de un règimen de poder que escandalizarìa a las almas bienpensantes sino fuera porque està oculto debajo de su propia naturalizaciòn.
     Nuestra tarea, nuestro lugar en el campo de batalla dirìa, es, justamente, desarmar billete a billete, el propòsito oscuro de esta guerra del dolar, una tarea tan titànica como la de contar la arena del desierto, es verdad, pero que es preciso comenzar algùn dìa

lunes, 18 de marzo de 2013

Preguntas sobre el nuevo Papa

     No sé si es posible decir algo nuevo sobre la iglesia católica. Uno abre los cajones y se te caen encima historias de horror, de ofensa, y de desilusiones de todos estos años y aún más de los anteriores y de los anteriores a estos. Un infinito que parece haber existido siempre, sin principio ni final que se pueda vislumbrar.
     De pronto, luego de seiscientos años, un Papa renuncia y es nombrado el primer Papa argentino.
     ¿Es esto, como parece, un hecho nuevo, es el comienzo de una nueva historia que requerirá de nuevas palabras, de nuevas ideas y de nuevos actos? ¿Se trata de una restauración o como se dijo en alguna tribuna  un desafío para controlar las masas? ¿Es posible, entonces, reconstruir tan fácilmente lo roto, es decir, la fe de millones de personas, el espacio común al que parece imposible volver, y perdón, el cuerpo de los sojuzgados, de los heridos de los torturados?
     Todo esto lleva en sus espaldas Francisco. Pero ¿vino él a levantar ese peso? ¿está dispuesto a pagar esa deuda?
     ¿Y nosotros? ¿qué hacemos con los compañeros que creen y sobretodo qué hacemos con los jóvenes? ¿Tiene sentido tirarles a ellos toda la oscuridad que se cierne sobre la historia, aún sabiendo que no se puede, no se debe prescindir nuevamente de una historia dolorosamente reconstruida? ¿Podremos crear una historia nueva, no ya con la idea de superación, pero sí con la de incluir, esta vez en serio, a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo de la patria grande?

martes, 12 de marzo de 2013

La circulación de la palabra

     ¿Qué tiene de extraordinario un curso de ingreso a un profesorado de filosofía? ¿Puede este acontecimiento, la narración de un hecho, digamos banal, convertirse en objeto de reflexión y aún de escritura? Si lo pensamos bien si. Usemos, como aconsejaba Zizek, no una mirada de frente, de sentido común, realista, sino una mirada al sesgo, de costado, y tal vez advirtamos, luego de leer el artículo, algo pifiado claro, lo extraordinario del caso.
     Convengamos que la filosofía, como materia de estudio, no es de las más rentable. En el mismo profesorado, nos referimos al Joaquín V. González, funciona un prestigioso departamento de inglés. Allí van las futuras mujeres y hombres que circularán por los onerosos institutos de enseñanza del idioma del imperio.
     Tenemos, entonces, el primer punto extraordinario: mujeres y hombres deciden aprender una materia que en principio no los va a ayudar a salir en las revistas de moda, y un equipo docente liderado por Mónica Da Cunha y Ernesto Iriarte, más docente asociados y alumnos avanzados, que deciden enseñar de una manera, ya veremos, creativa y arriesgada.
     Se trabajan autores de la filosofía y de la pedagogía, pero Mónica y Ernesto, y ahí aparece nuevamente lo extraordinario, deciden requerir de la palabra de los estudiantes. ¿Qué pasa allí? ¿No era que los profesores bajan el saber de los héroes del pensamiento? ¿No habían ido los estudiantes precisamente a ello: es decir a que alguien les explique un saber de por sí complejo? ¿No se produjo allí una defraudación, un abandono?
     Esa decisión tiene, sin embargo, una recompensa: en principio nadie se mueve de sus lugares y luego los estudiante siguen viniendo con más entusiasmo cada vez. Pero lo más importante, y allí la noticia que merecería salir en los diarios, es que la palabra requerida por Mónica y Ernesto circula, medio temblequeteando al principio, y luego más firme, y finalmente deambula, como toda criatura naciente, discutidora, ruidosa, y por qué no algo irrespetuosa.
     Se sabe, en la realidad circulan discursos sofocantes, colonizadores, poderosos, que ofrecen la recompensa del éxito a quienes lo pronuncien. Qué posibilidad tiene, entonces, ese discurso colectivo inventado en el Joaquín, frente al discurso de los aparatos ideológicos de la publicidad y de los medios de comunicación. Muy pocas. Pero si es cierto que los discursos producen sujetos, esas palabras nuevas, que ya queman en la garganta de los estudiantes de filosofía, brillarán pronto en la garganta de otros, de muchos, en un futuro cercano.
     O no. Tal vez. Ojalá