Qué es lo que, todavía hoy, habiendo pasado ríos de lodo y fuego, no podemos simbolizar. Lo real, diría Lacan, el horror, diría Kurtz con la voz de Marlon Brando.
La locura y la pobreza. Digo: la pobreza que trae la locura, la locura que, sin duda, trae la pobreza.
Nos deslizamos por las calles y nos chocamos con desechos humanos, sentimos ante ellos una mezcla de temor y verguenza, recurrimos a una ideología del engaño y la hipocresía para fingir que creemos que ellos son culpables de algo. ¿Y los chiquitos que está con ellos, de qué son culpables.
¿Qué hacer con la pobreza entonces, qué hacer con la locura?
Yo digo: ningún niño deber dormir en la calle. Yo digo: todos los planes sociales son pocos si hay un solo niño que vive en la calle.
En estas últimas horas una horda militarizada, en nombre, creo, del estado municipal, dió la respuesta de la sangre. Ningún compañero debe permitir que esto vuelva a repetirse: esa debe ser nuestra lucha de ahora en adelante.
sábado, 27 de abril de 2013
viernes, 19 de abril de 2013
Cuaderno de bitácora de un estudiante de filosofía: el aparato
¿Vale la pena contar la pequeña anécdota que genera estas lineas, o se la debe dejar diluirse, como sin duda sucederá la cuente o no en este artículo, en el entramado de otras historias de nuestro tiempo sin duda más relevantes?
Bastará con que diga que se trata de una reunión entre docentes y estudiantes del Joaquín V. Gonzalez para decidir si se asistirá o no a una reunión organizada por el estado.
¿Es este hecho inusual como a mí me parece? A mi me generó una expectativa importante: la democracia sigue siendo una novedad para muchos de nosotros, tal vez, porque si es verdadera tiene que estar inventándose todo el tiempo y debe ser puesta en crisis para que continúe su movimiento en busca de nuevos límites cada vez.
Me levanté temprano y con buen ánimo para llegar al instituto. Acaso esperaba encontrar un ambiente parecido al del ingreso, es decir, la circulación de la palabra propia, la alegría del compañerismo y el cuidado del otro.
La reunión comenzó con la palabra de un representante de cada uno de los 17 departamentos. Por un acuerdo previo se le concedía tres minutos a cada uno. Ese acuerdo se respetó. Cada uno, según su estilo, intentó ser claro, sin agresiones y hasta con cierta creatividad en la presentación de cada discurso.
Luego hablaron los estudiantes. Se dice al auditorio que hay una lista de oradores en la que hay que anotarse si se quiere hablar, sin embargo, pronto se advierte que todos los que hablan parecen turnarse para decir el mismo discurso. Muchos de nosotros sentimos, con impotencia, que eramos extras de un guión que había sido escrito antes, que estábamos siendo aparateados, es decir privados de nuestra autonomía, que la palabras ya no circulaba sino que se había banalizado, que la habían sustraído vaya a saber con qué propósito.
El aparato se sustantiva y termina siendo un fin en si mismo. Los que lo usan creen que saben usarlo pero ellos también terminan siendo un engranaje más, una tuerca que una vez ajustada se quedá allí para siempre.
No me quedé a ver la función de la mañana hasta el final. Me dicen que hubo una compañera que se obstinó en hablar por todos nosotros (¡las mujeres siempre más fuertes!) y que fue abucheada o interrumpida o las dos cosas a la vez. Qué lástima ¿no?
Salí del instituto y el sol del otoño me recibió como siempre, sabio y paciente me supo escuchar como lo hizo siempre que lo necesité
Bastará con que diga que se trata de una reunión entre docentes y estudiantes del Joaquín V. Gonzalez para decidir si se asistirá o no a una reunión organizada por el estado.
¿Es este hecho inusual como a mí me parece? A mi me generó una expectativa importante: la democracia sigue siendo una novedad para muchos de nosotros, tal vez, porque si es verdadera tiene que estar inventándose todo el tiempo y debe ser puesta en crisis para que continúe su movimiento en busca de nuevos límites cada vez.
Me levanté temprano y con buen ánimo para llegar al instituto. Acaso esperaba encontrar un ambiente parecido al del ingreso, es decir, la circulación de la palabra propia, la alegría del compañerismo y el cuidado del otro.
La reunión comenzó con la palabra de un representante de cada uno de los 17 departamentos. Por un acuerdo previo se le concedía tres minutos a cada uno. Ese acuerdo se respetó. Cada uno, según su estilo, intentó ser claro, sin agresiones y hasta con cierta creatividad en la presentación de cada discurso.
Luego hablaron los estudiantes. Se dice al auditorio que hay una lista de oradores en la que hay que anotarse si se quiere hablar, sin embargo, pronto se advierte que todos los que hablan parecen turnarse para decir el mismo discurso. Muchos de nosotros sentimos, con impotencia, que eramos extras de un guión que había sido escrito antes, que estábamos siendo aparateados, es decir privados de nuestra autonomía, que la palabras ya no circulaba sino que se había banalizado, que la habían sustraído vaya a saber con qué propósito.
El aparato se sustantiva y termina siendo un fin en si mismo. Los que lo usan creen que saben usarlo pero ellos también terminan siendo un engranaje más, una tuerca que una vez ajustada se quedá allí para siempre.
No me quedé a ver la función de la mañana hasta el final. Me dicen que hubo una compañera que se obstinó en hablar por todos nosotros (¡las mujeres siempre más fuertes!) y que fue abucheada o interrumpida o las dos cosas a la vez. Qué lástima ¿no?
Salí del instituto y el sol del otoño me recibió como siempre, sabio y paciente me supo escuchar como lo hizo siempre que lo necesité
domingo, 7 de abril de 2013
Cuaderno de bitácora de un estudiante de filosofía: Sócrates sigue hablándo(nos)
Era sabido que alguien, cualquiera, en la intensidad de alguna clase del profesorado de filosofía o bien en alguna bibliografía, soltaría una frase que, según Platón dijo Sócrates, y que no perdió nada de su densidad, con el paso del barro, la sangre y el veneno, esa famosa frase es, por supuesto, "solo sé que no sé nada". En este caso se trata de la bibliografía de la cátedra del profesor Vícari, un artículo de Elisa Caruso, desconocida para mí hasta ese momento, ahí justamente, en el medio de una página, luego de analizar la tensión entre sabiduría y saber que según ella, o mejor dicho, según la lectura que hice yo de su artículo, es constitutiva de la filosofía, larga esa frase revolucionaria que tuvo que soportar durante muchos años, tal vez demasiados, los embates de los intentos de banalizarla y de convertirla en un lugar común más. Y en esa lectura, confieso distraída en un atestado colectivo 99, yo, en mi condición de aristócrata poseedor de un asiento, percibí en esa frase un nuevo sentido, tal vez no tan nuevo, se me perdonará el asombro ante el descubrimiento acaso causado por el sueño y el traqueteo del colectivo, porque tal vez sea el mismo que percibieron las autoridades que condenaron al desafortunado Sócrates a beber la cicuta y que, sin querer, cometieron el error que suelen cometer los verdugos, y le regalaron la gloria de los que mueren por una causa, la causa contenida en esa breve frase, es decir, solo sé que no sé nada, con esa frase, digo, y ahí està el nuevo sentido, no solo tenía la solitaria conciencia de su ignorancia sino que desconocía y hacía caer con sus imprudentes preguntas todo el saber vigente y todo el poder, incluido el de sus atemorizados verdugos.
La pregunta que me hago es: qué pasaría hoy, que vivimos abrumados por innumerables informaciones, si esa frase fuera dicha, que pasaría con el imprudente que la pronuncie, poniendo en riesgo, no ya el poder de unos pocos ciudadanos griegos sino de todo el mundo globalizado y el poder de la dictadura militar-mediática, en el mejor de los casos sería medicado con un sucedáneo de la cicuta, uno de esas pastillas adormecedoras que consumen las multitudes para soportar la existencia, en el peor Guantánamo o alguno de esos barrios privados que tiene el imperio para los que no entienden nada.
La pregunta que me hago es: qué pasaría hoy, que vivimos abrumados por innumerables informaciones, si esa frase fuera dicha, que pasaría con el imprudente que la pronuncie, poniendo en riesgo, no ya el poder de unos pocos ciudadanos griegos sino de todo el mundo globalizado y el poder de la dictadura militar-mediática, en el mejor de los casos sería medicado con un sucedáneo de la cicuta, uno de esas pastillas adormecedoras que consumen las multitudes para soportar la existencia, en el peor Guantánamo o alguno de esos barrios privados que tiene el imperio para los que no entienden nada.
lunes, 1 de abril de 2013
La batalla del dolar
Hay un fantasma que recorre la Argentina: el fantasma del dòlar. Mientras nos ocupamos de los fulgores del Papa argentino, si le lavò los pies a los presos, si se preparò el mate solo, si usa una cruz de plata en lugar de una de oro, los ejèrcitos verdes avanzan fantasmales por las cuevas de la city.
El dòlar es el sìmbolo màs poderoso, el gran significante.
No creo que se haya plantado frente al discurso del dòlar, un contradiscurso como la ley de medios, ni siquiera uno de similar intensidad y persistencia como el que permitiò mantener viva la causa de los derechos humanos, aùn cuando hubo que esperar tantos años, y hubo que escribir tantos artìculos, tantos libros y tantas manifestaciones. Solo algunas medida, que no discutirè en su necesidad tècnica, pero con resultados màs que dudosos en lo simbòlico.
Se sabe que en la Argentina no se imprimen dòlares, es un bien importado por el cual todos tenemos que pagar. Paso a enumerar, de memoria, algunos datos de la historia de ese "costo" claramente innecesario. La deuda externa argentina creciò de cerca de 7000 millones de dòlares luego del golpe a Isabel a 46000 millones de dòlares cuando asumiò Alfonsìn, para pasar a cerca de 70000 cuando asumiò Menem, y luego pasar al doble, es decir a cerca de 140000 millones de dòlares cuando termino tan ejemplar gobierno. El broche de oro fue el megacanje de De la Rua y Cavallo que llevaron la deuda a una cifra cercana a los 200000 millones de dòlares.
200000 millones de dòlares. Toda una materialidad. Cuàntos paises se pudieron haber armado con esa cifra y cuàl efectivamente emergiò.
Feinmann en la temporada televisiva en la que analizò el pensamiento nacional, tomò la linea de Discepolo, creo, que dice que no hay verdad que se resista frente a dos pesos moneda nacional. Què podrìamos decir entonces de 200000 millones de dòlares (aviso: de acà al final del artìculo voy a repetir obsesivamente esta cifra). Entre aquellos dos pesos y estos 200000 millones de dòlares, hay casi tanta diferencia como la que habìa entre las flechas de los indios y los Remintong de los soldados del general Roca. Què verdad se puede resistir. Què verdad revela esos 200000 millones de dòlares. Probablemente la verdad de un règimen de poder que escandalizarìa a las almas bienpensantes sino fuera porque està oculto debajo de su propia naturalizaciòn.
Nuestra tarea, nuestro lugar en el campo de batalla dirìa, es, justamente, desarmar billete a billete, el propòsito oscuro de esta guerra del dolar, una tarea tan titànica como la de contar la arena del desierto, es verdad, pero que es preciso comenzar algùn dìa
El dòlar es el sìmbolo màs poderoso, el gran significante.
No creo que se haya plantado frente al discurso del dòlar, un contradiscurso como la ley de medios, ni siquiera uno de similar intensidad y persistencia como el que permitiò mantener viva la causa de los derechos humanos, aùn cuando hubo que esperar tantos años, y hubo que escribir tantos artìculos, tantos libros y tantas manifestaciones. Solo algunas medida, que no discutirè en su necesidad tècnica, pero con resultados màs que dudosos en lo simbòlico.
Se sabe que en la Argentina no se imprimen dòlares, es un bien importado por el cual todos tenemos que pagar. Paso a enumerar, de memoria, algunos datos de la historia de ese "costo" claramente innecesario. La deuda externa argentina creciò de cerca de 7000 millones de dòlares luego del golpe a Isabel a 46000 millones de dòlares cuando asumiò Alfonsìn, para pasar a cerca de 70000 cuando asumiò Menem, y luego pasar al doble, es decir a cerca de 140000 millones de dòlares cuando termino tan ejemplar gobierno. El broche de oro fue el megacanje de De la Rua y Cavallo que llevaron la deuda a una cifra cercana a los 200000 millones de dòlares.
200000 millones de dòlares. Toda una materialidad. Cuàntos paises se pudieron haber armado con esa cifra y cuàl efectivamente emergiò.
Feinmann en la temporada televisiva en la que analizò el pensamiento nacional, tomò la linea de Discepolo, creo, que dice que no hay verdad que se resista frente a dos pesos moneda nacional. Què podrìamos decir entonces de 200000 millones de dòlares (aviso: de acà al final del artìculo voy a repetir obsesivamente esta cifra). Entre aquellos dos pesos y estos 200000 millones de dòlares, hay casi tanta diferencia como la que habìa entre las flechas de los indios y los Remintong de los soldados del general Roca. Què verdad se puede resistir. Què verdad revela esos 200000 millones de dòlares. Probablemente la verdad de un règimen de poder que escandalizarìa a las almas bienpensantes sino fuera porque està oculto debajo de su propia naturalizaciòn.
Nuestra tarea, nuestro lugar en el campo de batalla dirìa, es, justamente, desarmar billete a billete, el propòsito oscuro de esta guerra del dolar, una tarea tan titànica como la de contar la arena del desierto, es verdad, pero que es preciso comenzar algùn dìa
lunes, 18 de marzo de 2013
Preguntas sobre el nuevo Papa
No sé si es posible decir algo nuevo sobre la iglesia católica. Uno abre los cajones y se te caen encima historias de horror, de ofensa, y de desilusiones de todos estos años y aún más de los anteriores y de los anteriores a estos. Un infinito que parece haber existido siempre, sin principio ni final que se pueda vislumbrar.
De pronto, luego de seiscientos años, un Papa renuncia y es nombrado el primer Papa argentino.
¿Es esto, como parece, un hecho nuevo, es el comienzo de una nueva historia que requerirá de nuevas palabras, de nuevas ideas y de nuevos actos? ¿Se trata de una restauración o como se dijo en alguna tribuna un desafío para controlar las masas? ¿Es posible, entonces, reconstruir tan fácilmente lo roto, es decir, la fe de millones de personas, el espacio común al que parece imposible volver, y perdón, el cuerpo de los sojuzgados, de los heridos de los torturados?
Todo esto lleva en sus espaldas Francisco. Pero ¿vino él a levantar ese peso? ¿está dispuesto a pagar esa deuda?
¿Y nosotros? ¿qué hacemos con los compañeros que creen y sobretodo qué hacemos con los jóvenes? ¿Tiene sentido tirarles a ellos toda la oscuridad que se cierne sobre la historia, aún sabiendo que no se puede, no se debe prescindir nuevamente de una historia dolorosamente reconstruida? ¿Podremos crear una historia nueva, no ya con la idea de superación, pero sí con la de incluir, esta vez en serio, a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo de la patria grande?
De pronto, luego de seiscientos años, un Papa renuncia y es nombrado el primer Papa argentino.
¿Es esto, como parece, un hecho nuevo, es el comienzo de una nueva historia que requerirá de nuevas palabras, de nuevas ideas y de nuevos actos? ¿Se trata de una restauración o como se dijo en alguna tribuna un desafío para controlar las masas? ¿Es posible, entonces, reconstruir tan fácilmente lo roto, es decir, la fe de millones de personas, el espacio común al que parece imposible volver, y perdón, el cuerpo de los sojuzgados, de los heridos de los torturados?
Todo esto lleva en sus espaldas Francisco. Pero ¿vino él a levantar ese peso? ¿está dispuesto a pagar esa deuda?
¿Y nosotros? ¿qué hacemos con los compañeros que creen y sobretodo qué hacemos con los jóvenes? ¿Tiene sentido tirarles a ellos toda la oscuridad que se cierne sobre la historia, aún sabiendo que no se puede, no se debe prescindir nuevamente de una historia dolorosamente reconstruida? ¿Podremos crear una historia nueva, no ya con la idea de superación, pero sí con la de incluir, esta vez en serio, a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo de la patria grande?
martes, 12 de marzo de 2013
La circulación de la palabra
¿Qué tiene de extraordinario un curso de ingreso a un profesorado de filosofía? ¿Puede este acontecimiento, la narración de un hecho, digamos banal, convertirse en objeto de reflexión y aún de escritura? Si lo pensamos bien si. Usemos, como aconsejaba Zizek, no una mirada de frente, de sentido común, realista, sino una mirada al sesgo, de costado, y tal vez advirtamos, luego de leer el artículo, algo pifiado claro, lo extraordinario del caso.
Convengamos que la filosofía, como materia de estudio, no es de las más rentable. En el mismo profesorado, nos referimos al Joaquín V. González, funciona un prestigioso departamento de inglés. Allí van las futuras mujeres y hombres que circularán por los onerosos institutos de enseñanza del idioma del imperio.
Tenemos, entonces, el primer punto extraordinario: mujeres y hombres deciden aprender una materia que en principio no los va a ayudar a salir en las revistas de moda, y un equipo docente liderado por Mónica Da Cunha y Ernesto Iriarte, más docente asociados y alumnos avanzados, que deciden enseñar de una manera, ya veremos, creativa y arriesgada.
Se trabajan autores de la filosofía y de la pedagogía, pero Mónica y Ernesto, y ahí aparece nuevamente lo extraordinario, deciden requerir de la palabra de los estudiantes. ¿Qué pasa allí? ¿No era que los profesores bajan el saber de los héroes del pensamiento? ¿No habían ido los estudiantes precisamente a ello: es decir a que alguien les explique un saber de por sí complejo? ¿No se produjo allí una defraudación, un abandono?
Esa decisión tiene, sin embargo, una recompensa: en principio nadie se mueve de sus lugares y luego los estudiante siguen viniendo con más entusiasmo cada vez. Pero lo más importante, y allí la noticia que merecería salir en los diarios, es que la palabra requerida por Mónica y Ernesto circula, medio temblequeteando al principio, y luego más firme, y finalmente deambula, como toda criatura naciente, discutidora, ruidosa, y por qué no algo irrespetuosa.
Se sabe, en la realidad circulan discursos sofocantes, colonizadores, poderosos, que ofrecen la recompensa del éxito a quienes lo pronuncien. Qué posibilidad tiene, entonces, ese discurso colectivo inventado en el Joaquín, frente al discurso de los aparatos ideológicos de la publicidad y de los medios de comunicación. Muy pocas. Pero si es cierto que los discursos producen sujetos, esas palabras nuevas, que ya queman en la garganta de los estudiantes de filosofía, brillarán pronto en la garganta de otros, de muchos, en un futuro cercano.
O no. Tal vez. Ojalá
Convengamos que la filosofía, como materia de estudio, no es de las más rentable. En el mismo profesorado, nos referimos al Joaquín V. González, funciona un prestigioso departamento de inglés. Allí van las futuras mujeres y hombres que circularán por los onerosos institutos de enseñanza del idioma del imperio.
Tenemos, entonces, el primer punto extraordinario: mujeres y hombres deciden aprender una materia que en principio no los va a ayudar a salir en las revistas de moda, y un equipo docente liderado por Mónica Da Cunha y Ernesto Iriarte, más docente asociados y alumnos avanzados, que deciden enseñar de una manera, ya veremos, creativa y arriesgada.
Se trabajan autores de la filosofía y de la pedagogía, pero Mónica y Ernesto, y ahí aparece nuevamente lo extraordinario, deciden requerir de la palabra de los estudiantes. ¿Qué pasa allí? ¿No era que los profesores bajan el saber de los héroes del pensamiento? ¿No habían ido los estudiantes precisamente a ello: es decir a que alguien les explique un saber de por sí complejo? ¿No se produjo allí una defraudación, un abandono?
Esa decisión tiene, sin embargo, una recompensa: en principio nadie se mueve de sus lugares y luego los estudiante siguen viniendo con más entusiasmo cada vez. Pero lo más importante, y allí la noticia que merecería salir en los diarios, es que la palabra requerida por Mónica y Ernesto circula, medio temblequeteando al principio, y luego más firme, y finalmente deambula, como toda criatura naciente, discutidora, ruidosa, y por qué no algo irrespetuosa.
Se sabe, en la realidad circulan discursos sofocantes, colonizadores, poderosos, que ofrecen la recompensa del éxito a quienes lo pronuncien. Qué posibilidad tiene, entonces, ese discurso colectivo inventado en el Joaquín, frente al discurso de los aparatos ideológicos de la publicidad y de los medios de comunicación. Muy pocas. Pero si es cierto que los discursos producen sujetos, esas palabras nuevas, que ya queman en la garganta de los estudiantes de filosofía, brillarán pronto en la garganta de otros, de muchos, en un futuro cercano.
O no. Tal vez. Ojalá
lunes, 24 de diciembre de 2012
Argentina: entre la tragedia y la comedia
Se dice que un título define un artículo y aún más se sabe que en el periodismo moderno el título casi es el artículo. Incluso la foto puede ser el artículo y el título, no digamos la nota que ha escrito el periodista, queda a veces subordinado a acompañar esa imagen como adorno o como elemento para enfatizar o para dirigir aún más el sentido de lo que se quiere decir. La teoría del conocimiento de esta sociedad es deudora entonces de la lógica del impacto que antes era exclusividad de la publicidad.
La frase que elegí para el título ya es un lugar común en las ciencias sociales, sin embargo, en estos días de fiestas de fin de año propicios para reflexiones fáciles, se me hizo inevitable usarlo. Quedaba evidenciado que si elegía otro título era para evitar ese que era el apropiado. Digámoslo de una vez, la frase es de Marx, y como se sabe dice más o menos que la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia.
Lo que se repite esta vez son los saqueos. Se sabe que los saqueos aparecen como preludio del desmanejo de la anarquía y del fracaso de un gobierno que no ha sabido evitarlos como se debe. Y lo que es peor que carece de autoridad. Y si un gobierno, se dice, ha perdido la autoridad, que significa tener alineados a los débiles, ya no sirve como gobierno. Porque si para algo está el estado es para evitar que los débiles salgan del lugar donde están.
Volvamos a lo que decíamos en el principio de este texto: la foto es el artículo. Y la foto en este fin de año muestra a encapuchados llevándose electrodomésticos de un supermercado. Horror: lo que están habilitados a robar los débiles es comida y se roban otra cosa es que algo raro hay. Se sabe: los electrodomésticos son el premio que recibe la clase media. La conclusión es una sola: 2001 y 2012 son lo mismo porque concluyen con saqueos. Se anula con una foto todo lo que pudo haber sucedido entre esas dos fechas.
De nuevo la repetición, esta vez como negación de la historia: siempre es igual en la Argentina, no importa lo que se haga, así entonces es mejor no hacer nada, seguir el orden natural de las cosas que es: para la clase media los electrodoméstico y para los débiles la comida que puedan robar.
Sin embargo hay algo distinto. Un movimiento político que debe su existencia a la pretensión de ser distinto, de desordenar el orden natural de las cosas que se debe repetir sin interrupción alguna.
Para concluir esas son las opciones que veo para este fin de año: la repetición o la diferencia. Yo, para usar ese artículo tan pasado de moda, ante el espectáculo grotesco de los que no se resignan a perder sus privilegios que dependían de la repetición de una serie en la que habían sabido incluirse, prefiero la diferencia. Continuará
La frase que elegí para el título ya es un lugar común en las ciencias sociales, sin embargo, en estos días de fiestas de fin de año propicios para reflexiones fáciles, se me hizo inevitable usarlo. Quedaba evidenciado que si elegía otro título era para evitar ese que era el apropiado. Digámoslo de una vez, la frase es de Marx, y como se sabe dice más o menos que la historia se repite primero como tragedia y luego como comedia.
Lo que se repite esta vez son los saqueos. Se sabe que los saqueos aparecen como preludio del desmanejo de la anarquía y del fracaso de un gobierno que no ha sabido evitarlos como se debe. Y lo que es peor que carece de autoridad. Y si un gobierno, se dice, ha perdido la autoridad, que significa tener alineados a los débiles, ya no sirve como gobierno. Porque si para algo está el estado es para evitar que los débiles salgan del lugar donde están.
Volvamos a lo que decíamos en el principio de este texto: la foto es el artículo. Y la foto en este fin de año muestra a encapuchados llevándose electrodomésticos de un supermercado. Horror: lo que están habilitados a robar los débiles es comida y se roban otra cosa es que algo raro hay. Se sabe: los electrodomésticos son el premio que recibe la clase media. La conclusión es una sola: 2001 y 2012 son lo mismo porque concluyen con saqueos. Se anula con una foto todo lo que pudo haber sucedido entre esas dos fechas.
De nuevo la repetición, esta vez como negación de la historia: siempre es igual en la Argentina, no importa lo que se haga, así entonces es mejor no hacer nada, seguir el orden natural de las cosas que es: para la clase media los electrodoméstico y para los débiles la comida que puedan robar.
Sin embargo hay algo distinto. Un movimiento político que debe su existencia a la pretensión de ser distinto, de desordenar el orden natural de las cosas que se debe repetir sin interrupción alguna.
Para concluir esas son las opciones que veo para este fin de año: la repetición o la diferencia. Yo, para usar ese artículo tan pasado de moda, ante el espectáculo grotesco de los que no se resignan a perder sus privilegios que dependían de la repetición de una serie en la que habían sabido incluirse, prefiero la diferencia. Continuará
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