sábado, 14 de abril de 2012

Por qué habla Videla

     Tan importante es pensar en lo que dice Videla como pensar en por qué lo dice, por qué habla. En principio se trata de una desobediencia, de una ruptura. Dice: hubo siete u ocho mil desaparecidos. Dice: los empresarios y la iglesia estaba de acuerdo. Todos lo sabíamos pero tiene mucho peso simbólico que Videla lo diga.
     En el relato procesista Videla era el cadete, el austero, el silencioso, el que leía libros religiosos durante los juicios. Massera era el putañero, el corrupto, el que dirigía la Esma. Pero el peor de sus crímenes era que coqueteaba con el populismo: le mandaba flores a Isabel y dólares a Firmenich. Era tan malo que se convertía en una anomalía, en un exceso.
     Ahora Videla habla y la diferencia se derrumba. Videla se desnuda en público y desnuda al sistema. Videla dice: queríamos disciplinar la sociedad para imponer una economía liberal. Mejor síntesis imposible.
     La frutilla del postre es la utilización del término disposición final que, según dice Videla, en el vocablo militar significa "sacar de servicio una cosa inservible".

lunes, 9 de abril de 2012

Historia de una frase

     Todo muerto tiene derecho a su historicidad, más aún si ese muerto ha dejado palabras dichas en el drama de la historia pública. Se sabe: la comprensión del pasado requiere de un cambio en las relaciones de poder y además de un trabajo doloroso y del sacrificio de las distintas generaciones de trabajadores y de las manos que van escribiendo el texto colectivo.
     Quiero llegar a una frase dicha por un dirigente radical que quizás algunos recuerden: Juan Carlos Pugliese. Ya era un prohombre de la democracia cuando fue llamado por el entonces presidente Raúl Alfonsín para ocupar el cargo de ministro de economía en los tortuosos días finales de su gobierno. Había ganado status de prócer gracias al relato mítico que se había hecho sobre el gobierno de Illia en los primeros tiempos de la democracia: un humilde médico de Córdoba que había gobernado este país con un grupo de dirigentes honestos y había sido derrocado por un grupo de militares fascistas y dirigentes sindicales cómplices. Ese mito despolitizado nos decía que bastaba con un gobierno honesto para que el país encontrara su rumbo sus habitantes la felicidad. Alfonsín tenía una frase que iba hasta ese punto: con la democracia se cura, se come, y no sé cuántas cosas más. Es decir: no se hablaba de un cambio de sistema, solo se reemplazaba a militares por civiles honestos y abriríamos nuevamente la puerta de las fábricas.
     Vayamos finalmente a la frase: Pugliese, ya como ministro de economía, se reunió con representantes del poder económico, en medio de un ya lanzado golpe de mercado y declara al salir de la reunión: les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo.
     Hoy podemos caer fácilmente sobre esa frase, no solo porque pasaron más de veinte años desde que fue dicha, sino porque las relaciones de poder son distintas. Pero para dejar atrás esa frase y lo que implica hizo falta el sacrificio de millones de trabajadores que fueron dejados en la calle y que se sumaron como víctimas a los miles que podrían haberlos defendido pero desaparecieron en la oscuridad de la dictadura.
     Hay, sin embargo, otro relato, que es el que escribió Rodolfo Walsh en su carta de un escritor a la junta militar. En el unía las muertes de la represión con el sistema económico que el denominó como "miseria planificada". No pudimos leerla cuando fue escrita por la censura y luego por la ceguera más o menos voluntaria de los años ochenta y noventa. Ahora está sobre la mesa. Es lo que se está discutiendo en estos días, aunque pensemos que estamos hablando de otra cosa.

sábado, 10 de marzo de 2012

El ruido que está en el aire

     Si no está Tinelli bueno es Marley. Todavía sé distinguirlos, aunque es evidente que están emparentados.
     Me llegan desde la casa de los vecinos. Desde las distintas casas, porque entro al edificio y desde los distintos departamentos de la planta baja se oye en general lo mismo: una estridencia, un ruido sólido y amenazador que apenas logro apagar cuando entro en mi departamento y pongo mí música. Con algo de culpa porque esas obras no fueron compuestas para esa lucha titánica de sonidos, o tal vez si, no sé. La estridencia televisiva, en todo caso, es una forma del silencio, de aplastar todas las diferencias, de imponerse con prepotencia.
     Esa unanimidad de los vecinos me hace preguntarme si yo también debería ver esos programas. Si quiero hablar del poder, sin duda, tendría que conocerlos. Ya lo dijo el maestro Feinmann, los culos de Tinelli son ideología pura. Pobres culos, tan lindos ellos.
     Sin embargo sé que la cuota del cable es de 170 pesos. ¿No es demasiado? Si los seguidores de este blog (son seis, pero pronto serán millones) quieren leer mis brillantes análisis acerca de estos señores, deberán mandarme un giro. Ah, no se olviden de agregar algodón para taparme los oídos. Continuará

jueves, 8 de marzo de 2012

No somos ciegos

     Hablábamos de un lenguaje que en Internet pasa de la oralidad a la escritura, y de los cambios de sentido que ese traspaso podía provocar. El insulto proferido en un bar, con su propósito canchero y prepotente, se prolongaba en el tiempo y se hacía más grave, en la medida que quedaba a disposición de los que lo quisieran leer en la red.
     Hay otro lenguaje, sin embargo, que quiere pasar del peso de lo escrito a la liviandad de lo oral. Los escritores profesionales, periodistas, lobbistas o como quiera que se llamen quieren que sus escritos adquieran la labilidad o la liquidez, para usar un término de moda, del registro oral. Quieren que a sus escritos se los lleve el viento. Les basta con que queden en "la tapa" del diario de ese día y que provoquen el efecto de desgaste de la voz pública buscado, para dar paso a otra nota que podrá ser propia o de otro colega. En tiempos en los que se proclama, entre otras muertes, la muerte del autor, saben que forman parte de una escritura colectiva, de un discurso que hoy puede estar en la tapa de un diario, minutos después en algún posteo de Internet, luego en un tweet y finalmente naturalizado en la boca de cada uno de nosotros. Algo así como una combinación de golpes del mejor Alí contra un boxeador ciego.
     Claro que nosotros de ciegos no tenemos nada. Continuará...

lunes, 5 de marzo de 2012

Odio en internet

     Qué sentido tienen las manifestaciones de odio que se pueden leer en Internet. O debería decir que uno se ve forzado a leer, porque se choca con ellas en ámbitos amables en los que se espera intercambiar infinitas banalidades y no insultos.
     Qué sentido tienen, qué nos quieren decir aquellos que la escriben. ¿Se trata de viejas voces fantasmales de un Antiperonismo arcaico que dejó para la historia expresiones como aluvión zoológico o como viva el cáncer, o se trata de algo nuevo?.
     Lo nuevo, me animo a decir, es la posibilidad de publicar ideas, para aquellos que en otra época no la hubieran tenido. Lo que antes era dicho en el minúsculo y anónimo espacio de una mesa de café y era escuchado por un par de amigos, queda ahora disponible para un número impensado de personas. Pero cuidado, aquel que ahora escribe, esta condenado a ser identificado por su escritura, lo que dice se solidifica y continúa siendo dicho en el tiempo. Somos, aquellos que escribimos, a partir del momento que publicamos aquello que hemos escrito en nuestro precario estilo literario. Y si lo que hemos escrito con descuido, son frases de odio, seremos ese odio, y nuestras palabras quedaran sonando en la incómoda cabeza del incauto que las leyó.
     De todas maneras, esas frases brutales están en el viento, esperando ser dichas por cualquiera, inclusive por Videla. Algunos que la dicen, incluso un genocida, suponen que encontrarán alguna respuesta favorable, sino no la dirían.
     Esas voces, repito, no eran publicadas, tampoco la mía. Es de esperar un esfuerzo del espíritu para lograr un registro del lenguaje alejado del odio que haga posible el diálogo

miércoles, 22 de febrero de 2012

Malvinas y los cadáveres

     ¿Existe la realidad o lo que vivimos es una serie de representaciones de lo real? El poder es lo real, bobo, me diría alguien con razón. Pero cuál es el rostro del poder. Qué ser de carne y hueso recibe el mensaje y el libreto que hay que representar. Será el primer ministro inglés David Cameron. Creo que no. Más bien parece un ser abrumado que no sabe muy bien donde está. Europa es el Titanic, un barco lujoso que sin embargo no puede mantenerse a flote. Ese desafortunado señor, David Cameron, un pésimo actor, denunció a la Argentina como potencia imperialista. Si esa es la representación de la realidad que el poder quiere imponer me parece bastante berreta. Andan flojos de guionistas los muchachos. Desde la periferia, sus seguidores, acaso nostálgicos de una antiguedad ideológica casi olvidada le hacen el aguante. No parece suficiente.
   (Mientras escribía el artículo sobre Malvinas sucedió la tragedia de once)
    Este artículo debe quedar inacabado. Así como la muerte interrumpe la vida, lo real vuelve a ser una pila de cadáveres, así como lo fue en Malvinas, y podemos pensar que aquellos muertos y estos se unen. Son nuestros muertos, trabajadores esforzados, vidas humildes, gente con alguna esperanza que ahora se truncó.
     Ya los miserables están haciendo su trabajo. Hacen cuentas políticas y abren sus bolsillo con la esperanza de que alguna moneda les quede. La muerte debe ser banalizada, debe ser convertida en un espectáculo: solo así   podrá repetirse una y otra vez

jueves, 2 de febrero de 2012

Homenaje al Flaco Spinetta

     ¿Hubo una cultura de la dictadura? La pregunta parece llevar en sí la respuesta pero no es así, ni siquiera estamos seguros de querer responderla. Podemos agregar otra aún más incómoda: ¿ qué queda de esa cultura en el presente?
     Como respuesta podemos nombrar, con facilidad, nombres propios de conductores televisivos; de cantantes devenidos directores de cine o algo parecido; de señoras con modales refinados; de facultades privadas de donde salieron los cuadros del proceso; e incluso de un medio de comunicación que hoy es cuestionado por el estado. Pero no. La lista siempre va a ser incompleta y nos va a dejar insatisfechos o va a repetir algo ya dicho, probablemente mejor escrito y documentado, por algún escritor profesional. Prefiero contar una historia personal. Vino a mi memoria en estos días (¿vienen los hechos hasta una memoria inmóvil o son traídos por alguien y en ese caso por quién?) un recital que se realizó creo que en el año 1977 (el error, lo inexacto, la recreación y sobretodo el olvido son tintas que usa la memoria) en el club Hípico de Palermo. Fui a ese recital con mi hermana. Tocaban otros músicos (Lito Nebbia era uno de ellos) pero fuimos especialmente para ver a Spinetta. ¿Por qué? La dictadura estaba en plena tarea. El silencio parecía cubrirlo todo. Fuimos porque sentíamos que íbamos a encontrar la diferencia (leímos hace poco, en un libro de José Pablo Feinmann, que el ser es la diferencia. Que todo en su ser se refiere a otro con el cual se diferencia). Es decir, la palabra poética, viajando, traída para nosotros por la voz de ese músico que esa noche iba a tocar para nosotros.
     Era nuestro secreto, no importaba si ese secreto era compartido por cientos de pelilargos. El vacío, lo no dicho, lo secreto, era la diferencia, todo lo demás era la estridencia enceguecedora de la dictadura.
     Ese hombre, ese flaco de voz aguda, no nos defraudó: dijo la palabra poética, esa que "no se entiende", que no puede ser incluida en una publicidad o en un comunicado. Cantó esas palabras que están más familiarizada con los gemidos de alguien que ha perdido la razón (Starosta) o con los susurros que usan los amantes (quién se preocupa por el significado de esas palabras dichas al oido).
     Hoy los diarios amarillos dicen que esta enfermo. No sé. Lo que supe definitivamente, luego de aquel recital, es donde está la diferencia. No en un cuerpo débil que resiste sino en la palabra poética que se dice, a veces heroicamente, como aquella, ya lejana, noche de 1977.